Opinión

Carta al Director: Sobre el Museo Pablo Fierro

El Heraldo Austral

Los gritos de los niños dan vuelta por la campana. Las aves afuera del juego, un chaleco repleto de polvo. Los niños y la risa que se apaga cuando el bosque comienza a hacer su efecto. Hay senderos aéreos en cada paso que se ejerce. El vuelo de las abejas es el camino donde las siluetas pasan. Las estrellas se ordenan en el caos de la línea. Cuatro vías que se bifurcan hasta el letargo de la capa tras los troncos. La capa es intermitente al rubor de la madera. Se fusiona cuando cuatro no son ninguno ante el frío por los espacios. La nada se nota cuando escribes, en los gestos que inventas soltandolos al vacío. La forma es sonora porque los niños corren, único medio artificial y solitario que nos sopla hacia los rincones de los ojos que se alzan. Han llegado al Parque Philippi. Esos son los niños jugando antes de llegar al museo, conocedores de la locura de Pablo Fierro. Es increíble lo que logró ahí adentro, en la casa. No específicamente por el arte del cual muchos hablan y exacerban de una manera bastante curiosa, sino por el tiempo que encapsuló. Se edificaron nuevas reglas temporales, hizo suyo un tiempo. El trono de Pablo Fierro. En esa casa no se respira, los objetos están ahí, oxidados. El recuerdo vuela por el piso de las escaleras habitadas por desconocidos que lo hacen todo más propio. Son las alas de la bandurria, una única que se asoma por la ventana y lo ve a él, pidiéndole al Llanquihue y a lo primero que se cruce. Le canta desde el abandono de la casa y le da vuelta los ojos al marcharse. El olor a humedad que quedó fue el llanto del ave, formación de un río atemporal que lo mueve todo, que se impregna en el aroma de las pinturas y al entrar en esa casa. Pablo no ha leído Coronación, confío en que lo hará, que volverá a leer la hoja donde anoté su nombre; tiene dieciséis libros de dedicatorias y se los sabe de memoria. Están arriba del camión que transporta a otro camión, camiones dentro de otros camiones, como el pretérito mayor que es la casa y que se desborda. Casitas antiguas maquillándose en los espacios accesibles del cuerpo agrietado y húmedo. Se mueven simultáneas al ritmo de los ojos que se apropian de todo. Se instalan en alguna parte para expulsar la risa. El camión, la casa, el camión dentro de la nonagenaria en la cabecera, pintura reina que los transporta. Desde la ventanita la bandurria observando cómo la casa nos deja. Avanza dándonos la espalda del relojero de la madre de Pablo, para verme extendiendo mi mano que la desdibuja. Las casas antiguas dentro de la casa hacen que esta avance. Se escurren por el piso hasta el Llanquihue. Su vuelo es movimiento. O eso parece.

 

Aleafar Paz