"Adiós, don Joaquín" Por Rafael Piquer A. Investigador en Historia de la Región de Los Lagos
¡Ah! Una vida preciosa se ha extinguido; y de su rica inspiración el vuelo con su alma hermosa al remontarse al cielo, ¡Todo tinieblas y dolor han sido!... “Recuerdos”, Amelia Solar.
Don Joaquín Arrieta Z. (1937-2022) ha partido en el “último viaje” (Machado dixit); con ello, nos ha obligado a percatarnos de cuánto perdemos ante la ausencia de alguien como él. Su presencia respetuosa hacia los demás, su preocupación por la comunidad y sus energías puestas al servicio del conocimiento de la historia nacional – esa que tanto amaba –, ya no estarán con nosotros, y, seguramente, repararemos, de aquí en adelante, en cuánto hemos perdido con su desaparición, pues, sólo cuando ya no están las personas, que tendemos a percibir como si nunca nos dejarán, recién en ese momento aciago, notamos a ciencia cierta lo perdido, la imposibilidad de volver a disfrutar de ese ser único, que tenía mucho que decirnos y que siempre se mostraba dispuesto hacia nosotros.
“Por lejos que me remonte en mis recuerdos me veo como historiador por gusto y por deseo, por no decir de corazón y vocación”, escribió el inolvidable historiador francés Lucien Fevbre en el prólogo (1952) de su espléndida obra “Combates por la historia” (Ariel, traducción de Francisco Fernández Buey y Enrique Argullol), cuestión que, con toda seguridad, podemos aplicar a don Joaquín, en el entendido de que aludimos a su dedicación apasionada por la historia nacional, la cual le llevó a emprender una verdadera cruzada personal, para evitar, sobre todo, el olvido a que ésta es sometida: su labor en el Instituto O´Higginiano y sus muchas otras iniciativas en pro del conocimiento que debíamos tener de nuestro pasado, lo enaltecen y así lo atestiguan. Es más, si repitiéramos un ideal renacentista que, en la década de los 60 del siglo pasado, se iteraba de memoria cuando los viejos de ahora éramos muchachos y estudiábamos historia de Chile, diríamos que su acción por la historia le permitió, sin duda, “dejar memoria de sí”. Este investigador, por su parte, con motivo de un pequeño artículo que publicamos en este mismo diario, hace unos meses, y en el cual recordábamos la celebración de los primeros 25 años de existencia de la Tercera Compañía de Bomberos de Puerto Varas, fue testigo, por enésima vez, de la magnífica labor, realizada por don Joaquín en cuanto a mantener vivo el conocimiento de nuestra historia: al ser invitado a entrar al cuartel de dicha compañía, pudimos ver la reliquia histórica donada por don Joaquín y que custodian debidamente los bomberos de la tercera, una bayoneta-estoque, hallada en el sitio de la Batalla de Tarapacá (27-11-1879), en la cual muriera heroicamente el comandante del 2do de línea don Eleuterio Ramírez, héroe que precisamente da el nombre a la citada compañía, y a quien se le “paga” con el olvido en la actualidad, por el común de nuestros compatriotas, si bien en su momento alcanzó la gloria y no faltaron los chilenos que desearon ser don Eleuterio Ramírez.
Don Joaquín dedicó su vida a combatir esa casi despreocupación total por nuestra historia nacional, que muestra la sociedad chilena y, que empezó a ser más evidente a partir de los años 90 del siglo XX, probablemente como parte de la realidad histórica que se evidencia en el resto del mundo y que Eric Hobsbawm, célebre historiador inglés, en su conocida obra “Historia del siglo XX” (Crítica, Buenos Aires, 1998, p. 13), expuso de la manera que sigue, al usar el ejemplo del viaje a Sarajevo, hecho por el presidente de Francia F. Miterrand un 28 de junio de 1992, de momento que muy pocas personas repararon en la fecha escogida:
“La destrucción del pasado, o más bien de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con la de generaciones anteriores, es uno de los fenómenos más característicos y extraños de las postrimerías del siglo XX. En su mayor parte, los jóvenes, hombres y mujeres, de este final de siglo crecen en una suerte de presente permanente sin relación orgánica alguna con el pasado del tiempo en el que viven.”
Para don Joaquín, al igual que lo entiende Eric Hobsbawm (p. 14):
“El pasado es indestructible, no sólo porque pertenecemos a la generación en que las calles y los lugares públicos tomaban el nombre de personas y acontecimientos de carácter público […], en que aún se firmaban tratados de paz y, por tanto, debían ser identificados […] y en que los monumentos a los caídos recordaban acontecimientos del pasado, sino también porque los acontecimientos públicos forman parte del entramado de nuestras vidas.”
Don Joaquín, le despido humildemente y reitero mi reconocimiento hacia su generosidad, para con los intentos de todos los que seguimos luchando por mantener el sitial que merece en nuestras vidas la historia y la historia nacional, en particular. Le digo adiós, por ahora, con estos versos de Antonio Machado, pues para mí le interpretan a la perfección, en su condición de “caballero”:
“Y cuando llegue el día del último viaje, y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontraréis a bordo ligero de equipaje, como los hijos de la mar.”
Comparte en tus redes sociales