¿El frío y la lluvia nos hace comer más?
Camila Morán Académica Carrera de Nutrición y Dietética Universidad de Las Américas, Sede Concepción
Las lluvias suelen despertar las ganas de comer más y optar por preparaciones contundentes, una conducta que, actualmente, se ha mantenido debido a la prolongación de días lluviosos y fríos asociados al fenómeno de El Niño.
Esta mayor sensación de apetito tiene, en parte, una explicación biológica vinculada a miles de años de evolución. Cuando la temperatura ambiente disminuye, el organismo activa la termorregulación, un conjunto de procesos que le permite mantener su temperatura interna en torno a los 36,5 °C. Sostener este equilibrio requiere un gasto energético adicional, por lo que el cuerpo necesita más combustible y el cerebro puede intensificar las señales que nos impulsan a buscar alimentos.
A esto se suma otro factor. En los meses fríos y nublados, con días más cortos y menos exposición a la luz solar, disminuye la disponibilidad de serotonina en el cerebro. Este neurotransmisor participa en la regulación del estado de ánimo, apetito y ciclo del sueño, entre otras funciones. Por eso, su descenso podría estar relacionado con un mayor deseo de comer, en especial alimentos ricos en carbohidratos. De algún modo, el organismo busca compensar esos niveles bajos y recuperar el equilibrio del ánimo y de las demás funciones que la serotonina regula.
La ciencia ha mostrado que buena parte de nuestras conductas alimentarias tiene raíces neurobiológicas moldeadas por la evolución. Durante miles de años, el ser humano debió adaptarse a ambientes adversos y diversos, con estaciones mucho más marcadas y periodos de escasez. En ese contexto, el organismo desarrolló la capacidad de almacenar energía en lo que hoy conocemos como tejido adiposo: una reserva que permitía sobrevivir a los inviernos duros.
También hay que considerar que somos seres más allá de la biología. A lo largo de la historia, la comida de cada estación se ha asociado culturalmente a celebraciones, ritos y costumbres que nos conectan como seres sociales. Las temporadas frías y lluviosas suelen ser también una invitación a reunirnos en familia, a preparar algo distinto y reconfortante, a compartir. Ese componente afectivo también explica por qué comemos lo que comemos.
La próxima vez que aparezca ese deseo instintivo de comer más, o de algo en particular, vale la pena detenerse a pensar en todo lo que hay detrás: antiguos instintos de supervivencia que nos preparaban para el invierno y tradiciones que nos reúnen desde hace miles de años.
Es comprensible que cueste confiar en la sabiduría de nuestro cuerpo. Actualmente, vivimos bajo una fuerte influencia de la industria alimentaria y de la belleza, que nos aleja de esas señales internas y de ese saber ancestral. Reconocer el origen de nuestro deseo de comer algo en particular es un primer paso para recuperar esa conexión y relacionarnos con la comida desde un lugar más compasivo.
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