Libros de la Vida: “La llamada de lo salvaje” de Jack London
Por Juan Carlos Gallardo
Uso el pelo largo, soy de ojos claros y de complexión robusta. Me gusta cazar y pescar y no le hago el quite a los deportes extremos porque, además, me gusta mucho la vida al aire libre. Soy amigo de mis amigos y creo profundamente en la lealtad a todo trance. Puedo amar hasta la devoción, pero también soy bueno odiando cuando me siento amenazado o percibo que los míos pueden estar en peligro. En esos casos no conozco la misericordia.
En cuanto a mis opciones políticas creo principalmente en la libertad y en la protección de los más débiles, en que nadie de la manada, perdón, del equipo, se quede atrás. Ese soy yo.
Y quisiera destacar en esto que es como la descripción de mi perfil, que tengo mucha capacidad de adaptación. Cuando he vivido en ambientes de respeto a la propiedad privada e impera la ley del amor y la fraternidad ando perfecto. Pero cuando prevalece la ley del garrote y el colmillo largo, acato la ley como el mejor.
Me llamo Buck, soy mestizo como muchos, orgulloso hijo de mi madre Shep, pastora escocesa y de mi padre Elmo, del que heredé mi corpulencia, aunque no soy tan grande como él. Los humanos le dicen “San Bernardo” a los de su clase.
Y a este señor Jack London se le ocurrió contar la historia de mi vida y para ello tuve largas entrevistas con él. Mi narración parte desde que vivía tan tranquilo en la finca del juez Miller. Pero luego, fui secuestrado y vendido por uno de sus trabajadores, desastroso jugador de la lotería china que necesitaba dinero para su familia y pagar deudas. Y partí obligado para el norte, donde necesitaban mis músculos para trabajar vinculado a esta nueva y febril ocupación de los humanos, de búsqueda de un metal amarillo.
Advierto que la historia de mi vida tiene hechos y circunstancias muy duras. Ni yo mismo sabía de qué forma me podía transformar para sobrevivir. Pero léanla, porque vale la pena.
Así entenderán por qué yo, Buck, muchas veces en las noches despejadas dirijo mi mirada hacia una estrella, estiro la cabeza y lloro con mi voz, pero sin lágrimas, un canto triste que me sale del alma.
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