Lo que realmente mostró ese video
Loreto Kemp
En los últimos días, una conversación en el streaming La Cofradía, en la que participaron Ítalo Omegna y otras personas vinculadas al Partido Nacional Libertario, generó una profunda controversia. Durante la transmisión se realizaron comentarios en los que el abuso sexual infantil y niños autistas fueron utilizados como parte del humor.
La primera respuesta no vino desde los partidos políticos ni desde los medios de comunicación. Fueron las familias y organizaciones de niños autistas y las vinculadas a la infancia las que levantaron la voz. No porque hayamos perdido el sentido del humor, sino porque conocemos una realidad que muchas veces permanece invisible para el resto de la sociedad.
Con el paso de las horas, el debate escaló al ámbito político y mediático. Axel Kaiser calificó la polémica como un "escándalo falso" y afirmó que los medios de izquierda estarían impulsando una operación comunicacional contra el Partido Nacional Libertario.
Es una afirmación que merece ser discutida. En política sabemos que las disputas comunicacionales existen. Pero incluso si alguien cree que hubo una utilización política o mediática del caso, esa discusión no cambia que el hecho central es que la preocupación original no nació en una sala de prensa ni en un partido político. Nació en las familias que sintieron que se había cruzado un límite.
Y ese límite no tiene que ver con el humor. Tiene que ver con la responsabilidad.
Hoy la influencia política ya no se ejerce solo desde el Congreso o los partidos. También se construye en podcasts, programas de streaming, redes sociales y plataformas de opinión. Allí se forman ideas, se instalan narrativas y se moldean percepciones.
Cuando el abuso sexual infantil y la vulnerabilidad de niños autistas se transforman en el recurso para hacer reír, el problema deja de ser un chiste desafortunado. Porque los niños autistas, especialmente quienes tienen mayores dificultades para comunicarse, enfrentan un riesgo significativamente mayor de sufrir abuso y violencia. Esa es una preocupación cotidiana para miles de familias. Por eso la reacción fue tan inmediata.
Este episodio también nos obliga a preguntarnos qué estándares esperamos de quienes influyen en la conversación pública.
No basta con tener conocimientos técnicos o ser un buen comunicador. Quienes asesoran autoridades, participan en espacios de influencia política o forman opinión también debieran demostrar criterio, empatía y un sólido estándar ético. La libertad de expresión debe protegerse siempre, pero nunca elimina la responsabilidad por el impacto de nuestras palabras.
Valoro que las instituciones involucradas hayan reaccionado y tomado medidas. Era lo esperable. Pero sería un error creer que con eso termina la discusión.
Porque, al final, el problema no fue que un video de carácter privado terminara haciéndose público. El problema fue lo que ese video mostró. Cuando creemos que nadie nos observa es cuando afloran con mayor claridad nuestros criterios, nuestros límites y la forma en que miramos a los demás.
El liderazgo no se demuestra solamente cuando se habla en público,sino que también cuando se cree que nadie está mirando.
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