Semillas de luz XIV: Los barrotes de tu algoritmo

Luis Alberto Vásquez M.

Gesto Humano.


Mas que burbuja, al parecer habitamos una prisión que determina lo que vemos, leemos y conversamos, en resumen, encarcela nuestro pensamiento.

Lo interesante, es que nuestras fronteras las transformamos en el horizonte de un mundo perfecto en el que todos pensamos lo mismo y quienes disienten son vistos como una amenaza.

El siguiente paso es el miedo que abre espacio a la violencia.

Pareciera ser la descripción de una novela distópica, sin embargo, es la cotidianeidad que estamos construyendo, o que nos construyen.

De alguna manera nos hemos convertido en víctimas y victimarios dentro de un recinto más amplio con cintas que nos transportan a lugares multicolores y estridentes de los que volvemos con nuestras bolsas llenas de validación social que cual pompas de jabón explotan al llegar a casa.

Así entonces construimos nuestra felicidad con puntos y millas acumuladas al costo de nuestro tiempo y sentido de vida.

Así como el perro de Pavlov, terminaba salivando al escuchar la campana, nosotros terminamos el día creyendo que nuestro colchón de siete capas endulzará nuestra amarga sensación de vacío.

El punto clave está en que si seguimos pensándonos como sujetos libres de la manipulación tecnológica que nos embota el pensamiento, será muy tarde cuando tomemos conciencia de la deshumanización que estamos enfrentando

No solo no hay niños en las plazas, no hay grupos humanos conversando en que alguno no esté mirando una pantalla. La soledad está empezando a pasar la cuenta a las nuevas generaciones hiperconectadas pero desconectadas de si mismo.

Así como en el final de la novela 1984 de Orwell, el personaje central reflexiona con algo de esperanza al ver a una mujer colgando ropa en un tendedero reconociendo la humanidad de ese gesto.

Creo que debemos recuperar la simpleza de cualquier gesto humano que nos conecte con otros, pero también con nosotros mismos.

No estoy reflexionando desde el buenismo ingenuo, sino que, desde la convicción mas profunda de la condición humana reflejada en la solidaridad, el abrazo, la caricia, un saludo afectuoso, cocinar en familia.

Somos una sociedad rota que o reconocemos la legitimidad del otro o terminaremos mal, como especie.

Los algoritmos no solo ordenan información: moldean sensibilidades, amplifican emociones y nos encierran lentamente en espacios donde casi todo confirma lo que ya pensamos, saben más de nosotros que nosotros mismos. Los algoritmos NO SON NEUTROS.

 Así, sin darnos cuenta, comenzamos a desconfiar de quien mira distinto y a perder la capacidad de dialogar sin convertir la diferencia en amenaza. Tal vez la libertad contemporánea no consista únicamente en acceder a más información, sino en conservar la capacidad de cuestionarla, de escuchar lo inesperado y de seguir siendo humanos en medio de máquinas que aprenden demasiado rápido cómo capturar nuestra atención.

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