• 07 de Noviembre

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El próximo lunes dieciséis de diciembre se conmemoran ocho años del fallecimiento de don José Fernando Gómez Saldivia, un hombre sencillo, intachable, muy trabajador y con muchas cualidades, como lo define su hijo Luis Mauricio y toda su familia, numerosos amigos y vecinos de Puerto Varas que hoy lo recuerdan con cariño y admiración.

El autor de este comentario conoció a don José Gómez hace tres décadas al necesitar el servicio de un buen mecánico. Su atención fue amabilísima y profundamente cordial. A los dos días el vehículo estaba reparado y lo fue a retirar de su taller ubicado en calle Arturo Prat 179, adosado a la casa donde vivía con su esposa, la señora Blanca Marlina Hernández del Río, oriunda de Puerto Octay, y sus tres hijos, Marlina Lidia, Juan Fernando y Luis Mauricio. En esa ocasión, don José comentó a su nuevo cliente que esta vez no podría conversar mucho porque debía ir a un ensayo de su coro. Le informó ser tenor y haber pertenecido al Coro Polifónico de la ciudad y después al Coro de Adultos del Colegio Germania, dirigido por el destacado profesor Héctor Gutiérrez Valdebenito y por último al Coro de Frutillar, e inesperadamente lo invitó al concierto del día siguiente. Éste, jamás imaginó que a quien vio tendido sobre unos cartones salir desde debajo de su auto con el mameluco y sus manos manchadas de aceite, en unas cuantas horas lo vería vestido de un negro y pulcro traje de gala, humita al cuello, manos limpias y su cabello blanco muy peinado junto a los demás coristas saliendo al escenario y cantar el “Va, Pensiero” tema del tercer acto de la ópera Nabucco, de Giuseppe Verdi, y otras arias famosas.

Desde entonces, su nuevo cliente y amigo pasaba o llegaba a su taller sólo a conversar con él unos minutos, hasta que lo invitó al el fondo de su taller, abrió una puerta y lo hizo pasar. Allí tenía él su rinconcito donde se refugiaba después del trabajo a ensayar sus partes musicales. Un pequeño escritorio frente a una ventana que daba al patio de árboles frutales con los volcanes de telón de fondo. Junto al escritorio, donde registraba a sus clientes, rodeado de un estante con cientos de casetes, un minicomponente y libros de autores clásicos y especialmente chilenos.

Su hijo Luis ama la música, ejecutante en guitarra y otros instrumentos, pero su padre lo presionó a estudiar mecánica, pues a él heredaría su taller porque confiaba en su inteligencia y habilidades. Así lo hizo el joven, y hoy, tras un proceso de vicisitudes ha transformado el taller con la implementación necesaria para atender con eficiencia los desafíos de la mecánica moderna.

Don José no estudió mecánica, se formó en la práctica. Siendo un jovencito proveniente de Nueva Braunau, fue acogido como aprendiz en el taller de camiones y autos de don Walter Werner, quien reconoció en él su pasión por aprender, su inteligencia y compromiso por el trabajo, convirtiéndose en su maestro y tutor, ganándose la estima y cariño del patrón, quien lo apoyó para que tuviera su casa a una cuadra y media de su trabajo y formara allí su familia. Hoy, Luis valora y honra a su padre, agradeciéndole sus enseñanzas y valores.

Pero, la vida de don José no deja de asombrarnos, pues alrededor de tres décadas formó parte de la Primera Compañía de Bomberos de Puerto Varas, donde satisfacía su hondo espíritu solidario y benéfico, comprometido con la comuna donde nació. En su desempeño obtuvo la medalla por sus 35 años en la Primera Compañía de Bomberos y la Medalla al Mérito otorgada post mortem.

Sus hijos heredaron el amor por la música y de su madre el canto pues cuando joven también conformó un coro. Luis toca la guitarra popular y otros instrumentos; Juan Fernando ejecuta muy bien la guitarra. De sus nietos, Sebastián y Nicolás, hijos de Marlina Lidia, este último después de destacarse como intérprete, viajó al extranjero a perfeccionarse como músico y después de algunos años, al saber que su querido abuelo estaba enfermo regresó a acompañarlo y se quedó en su patria chica. Don José se sentía orgulloso de todos los nietos y del éxito de Nicolás, pero no alcanzó a saber que se titularía de Profesor de Música. De los hijos de Luis y Marta, Martín es fanático de los autos y Sofía estudia becada por el Teatro del Lago por su maravillosa voz.

La otra pasión de don José era la de caminar siempre. En sus últimos años de vida, se le veía pasar caminando por las calles de su barrio a la costanera hasta Puerto Chico, con su gran e inolvidable amigo Armin Klenner que también debía caminar por prescripción médica.

Su hija Marlina cuenta que su padre era muy ordenado, y en sus últimos días de vida, antes de hospitalizarse fue caminando a pagar todas sus cuentas, y como una acción final invitó al taller a su nieto Sebastián para finalizar el arreglo de un automóvil y después de unos minutos, con el chico en la cabina dio el contacto, el auto partió al instante y exclamó feliz: ¡Partió, partió hijito, este es el último auto que he arreglado y cumplo hasta el final mis compromisos! Y el niño aplaudió contento a su abuelo.

Algunos de sus amigos del barrio, entre ellos el destacado fotógrafo, productor cultural, libretista, director de la hermosa revista Licarayen y actual comunicador radial Hardy Schaefer Kinzel, expresa que fue “un excelente vecino, buen amigo, amistad de muchos años que con mi esposa Sonia compartimos siempre con don José y su señora.” Del mismo modo, su otra vecina, la distinguida profesora de Ballet, fue una amiga entrañable e inolvidable de la familia.

El autor de esta crónica, rinde este homenaje-recuerdo, al amigo que dejó una huella inefable y duradera con su vida, como todos poseía pequeños defectos, pero al final fueron miles más sus virtudes y admirable ejemplo de buscar el desarrollo de sus talentos, la felicidad de su familia y la de quienes lo rodearon.