Sentir la sensación de hallarse en el último rincón del mundo, tan lejos del sitio en que bulle la vida turbulenta, significa borrar de un golpe las imágenes cotidianas y cansadoramente repetidas que ametrallaban el espíritu hasta aniquilarlo. Santiván, Puerto Varas, El Llanquihue, 9-3-1956.
Una vez terminado el verano de 1956, Fernando Santiván (1886-1973), uno de nuestros mayores literatos de la primera parte del siglo XX, dio a conocer en “El Llanquihue” de Puerto Montt (9-3-1956), un hermoso artículo intitulado “Puerto Varas”, en el cual pasaba revista a las bondades que ofrecía nuestra ciudad ese año, luego de haber concluido su estadía veraniega entre los puertovarinos. Don Fernando había recibido en 1952 el Premio Nacional de Literatura y sus obras todavía eran el centro de discusión en la sociedad chilena, a pesar de que él ya no vivía en la capital del país, pues llevaba bastante tiempo retirado de ella. Muchos tenían fresco en la memoria el recuerdo de que, este autor residió en una de las comunidades “tolstoyanas” – la que se instaló al interior del fundo del poeta Manuel Magallanes M., en San Bernardo – y, de la cual, Santiván nos entregó en 1955 sus recuerdos, al editar la espléndida obra “Memorias de un Tolstoyano”, trabajo literario en la cual, por supuesto, resalta la figura de quien fuera el mandarín de la cultura chilena, en la primera mitad del siglo XX: Augusto D´Halmar (1882-1950).
En el artículo de don Fernando acerca de Puerto Varas, a que aludíamos, éste se muestra maravillado de esta ciudad y nos repite hasta el cansancio el lugar ideal que es, en todos los sentidos posibles, para vivir. Parte por señalar:
“Puerto Varas está situado a tanta distancia de las ciudades que provocan el cansancio del espíritu que basta el viaje para sentir alivio cerebral… Las preocupaciones reales quedan a más de mil kilómetros de distancia, y esta seguridad es ya una evasión concreta y libertadora. Sentir la sensación de hallarse en el último rincón del mundo, tan lejos del sitio en que bulle la vida turbulenta, significa borrar de un golpe las imágenes cotidianas y cansadoramente repetidas, que ametrallan el espíritu hasta aniquilarlo.
Puerto Varas ofrece al viajero venido desde ciudades populosas, las ventajas de una civilización refinada y al mismo tiempo, la quietud y es espectáculo apaciguante de una naturaleza virginal y grandiosa.”
Luego, repara en la belleza del Lago Llanquihue y el espectáculo de la naturaleza posible de ver y disfrutar:
“El Lago Llanquihue, inmenso, eterno espejo del cielo cambiante, y los volcanes Osorno, Calbuco y Puntiagudo, como telón de fondo muy próximo, constituyen un paisaje inmutable, sereno: su visión basta para adormecer el espíritu, como al influjo de morfina ingenua y diáfana. Todo es pequeño alrededor. La atmósfera leve y fresca que envuelve las cosas, el panorama que observa meditativo a la distancia, las nubes que pasan en silencio, graves o ligeras, nos transportan a regiones de contornos casi irreales.
Para los viajeros dinámicos que prefieren ahogar en movimiento su vida y preocupaciones, está la perpetua incitación de las montañas, que invitan a escalarlas; de las nieves que ofrecen el regazo blanco de sus laderas para el deslizamiento vertiginoso del skis; de la selva oscura que atrae con su misterio profundo a penetrar en su seno; del agua azul que incita a la navegación azarosa, a la pesca y a la natación; de los paisajes verde oscuro que ocultan en sus matorrales liebres, zorros y perdices en espera del cañón de los fusileros; de las cintas ondulantes de carreteras que trepan montañas y conducen a parajes bellos y desconocidos…”
Finalmente, al referirse a Puerto Varas dice:
“El pueblo mismo de Puerto Varas ofrece atractivos especiales. Con sus ocho mil habitantes esparcidos en habitaciones alegres que desbordan las flores y ramas de sus huertos por encima de rejas y muros de madera, las calles dan la sensación de actividad lenta y silenciosa. Si transitan los característicos y largos carros de cuatro ruedas traídos por los alemanes del tiempo de Pérez Rosales, también cruzan automóviles y buses modernos sobre sus calles bien pavimentadas de cemento o de ripio bien acondicionado. Sus ruidos, que en las grandes ciudades aturden, sofocan y marean, aquí no alcanzan a molestar a los tranquilos peatones que verifican sus compras en el bien provisto comercio.
Puerto Varas puede clasificarse como ciudad jardín rodeada de colinas verdegueantes, como el cerro del Calvario, cubierto de frondosos árboles y el cerro Philippi, en camino de convertirse en paseo de gran belleza. Una novedad en nuestras costumbres es la que encontramos establecida en las calles comerciales de mayor tránsito: plantaciones de rosas alineadas en franjas de parque inglés al borde de las anchas aceras, flores espléndidas cuidadas por los municipios o por los propios vecinos, sin que nadie se preocupe de saquearlas al pasar.”
Por Rafael Piquer A.
Investigador en Historia de la Región de Los Lagos.