Puerto Varas atrae a los veraneantes por los encantos de sus panoramas, su tranquilidad idílica y su vida sencilla. Ahí está el lago como una sugestión inmensa y perenne de placidez. Impresiones sureñas, Enrique Molina Garmendia, Revista Atenea (N° 2, 1924).
En la segunda mitad del mes de febrero de 1924, el egregio hombre público Enrique Molina Garmendia (1871-1964), emprendió desde la ciudad de Concepción un viaje en tren, con un grupo de estudiantes y amigos, que lo traerá a nuestra ciudad, luego de pasar por Renaico, Angol, El Vergel, Temuco y Osorno. Hará el periplo entre el 15 y el 28 de febrero de dicho año y, dejará constancia de él en la Revista Atenea de la Universidad de Concepción (Impresiones sureñas. 15 a 28 de febrero, Vol. 1, N° 2, 1924, mayo 5 de 1924).
Don Enrique, profesor de Historia y Geografía desde 1892, abogado a partir de 1902, rector del Liceo de Hombres de Concepción (1916-1930) y de la Universidad de esa ciudad (1919-1956), autor de obras como Educación Contemporánea. Ensayos (1914), De California a Harvard (1921) y Alejandro Venegas (Dr. Valdés Cange). Estudios y recuerdos (1939), al momento de su viaje a nuestra ciudad, evidentemente, ya era uno de los intelectuales más reconocidos y valorados de nuestro país y, su prestigio lo acompañaba a todas partes, amén de la gran influencia que ejercía en los altos círculos de la política nacional. Por ello, nos parece muy interesante ver qué impresiones tuvo del Lago Llanquihue – con los volcanes, por supuesto – y Puerto Varas alguien tan respetado como él, hace noventa y ocho años.
Inicia su narración diciéndonos:
“Íbamos a salir de Concepción en viaje al sur en el primer tren que parte casi de noche. Un claror plomizo, difuso, estampado sobre toda la ciudad, anunciaba la proximidad del alba. No había nada de esa claridad transparente y diamantina, realzada por el lucero de la mañana, con que se suele despedir la noche en otros lugares. Concepción es una dama recatada que espera al día envuelta en su capa de brumas.
… No pocos pasajeros esperamos el tren que viene de Talcahuano. Luego asaltamos el wagón que se halla sumido en tinieblas”.
Y, luego de anotar sus impresiones de los distintos lugares en que el tren se detiene, nos hará partícipes de una primera magnífica impresión acerca de Lago Llanquihue y los volcanes, al llegar a nuestra región:
“Estábamos en el promedio de la tarde. Había una diafanidad perfecta en la atmósfera. De repente, al trasponer una colina, se nos brindó un soberbio cuadro. El Lago Llanquihue se extendía delante de nosotros como un inmenso óvalo de cristal azul turquesa, tranquilo, brillante, desenvolviendo y aumentado la luz de esa tarde radiante de palpitaciones claras. Como lago del valle sus riberas son en general bajas; pero al otro lado se erguían, cual completación magnífica de paisaje, arrancando casi desde la orilla misma, las cumbres del Osorno y del Calbuco. El efecto de colores, azul en las faldas y blanco en los coronamientos es notable en ambos; más principalmente el Osorno es portentoso. Forma un cono de regularidad acabada. Tras una exclamación admirativa general caímos todos como en veneración silenciosa ante la belleza. Me sentí con el alma de un primitivo, me sentí pagano y panteísta, adorador de las fuerzas, misterios y encantos de la naturaleza. ¿Qué maravilla es esa? ¿Qué joyero ciclópeo y divino ha cincelado esa obra prodigiosa de esmalte azul y blancura repujada dentro de líneas de la más suprema sencillez? ¿O es una deidad femenina cuya nevada cabeza sonríe desde el cielo a los hombres y coquetea a la vez reflejando su beldad en el espejo del lago? ¿O es un símbolo de lo arcano, que como un juez austero de peluca empolvada induce al hombre a postrarse ante lo indescifrable? ¡Oh, maravilla! Mis divagaciones no podían agotar el contenido de la belleza y ésta, inextinguible, nos mantenía hipnotizados”.
Seguirá, de inmediato, con su descripción del Puerto Varas de 1924, si bien no podemos decir que se muestre generoso, en dicha relación, al mismo tiempo que, por desgracia, don Enrique no parece ser capaz de mirar y conocer debidamente a un pueblo, que recién se empinaba en los setenta años de existencia: para saber, por ejemplo, qué ver en Puerto Varas, le hubiera bastado consultar la obra “Turismo en la provincia de Llanquihue a través de la Suiza chilena y argentina con datos de los canales de Chiloé”, un espléndido trabajo de don Germán Wiederhold, publicado por primera vez en 1917 y con una segunda edición de 1921. Con todo, nos dirá en pocas palabras:
“Puerto Varas atrae a los veraneantes por los encantos de sus panoramas, su tranquilidad idílica y su vida sencilla. Ahí está el lago como una sugestión inmensa y perenne de placidez.
La noche que llegamos, la luna llena abría en medio del círculo de las aguas un tajo de luz levemente rizada y la pálida laxitud de las cosas bañaba en dulzura el alma.
De Puerto Varas parten excursiones a diversos puntos interesantes del lago, a Peulla, situada en las orillas del Lago Todos los Santos, y a la frontera argentina.
Por lo demás, en el lugar no hay mucho que ver. Se extiende muy diseminado a lo largo de la playa y por las colinas vecinas. Sus calles cortas e irregulares son llenas de altos y bajos.
Una vez que andábamos vagando preguntamos a una mujer qué era lo más digno de conocerse en el pueblo.
– El Calvario, pues, señor.
Y fuimos al Calvario. En una colina boscosa, que se levanta al lado del hospital, se ha hecho un camino elíptico ligeramente ascendente. En todo él se encuentran de trecho en trecho pequeños nichos con cuadros que representan la pasión de Jesús. El primer nicho es, sin embargo, bastante grande para que quepa en él una estatua del Mesías de porte natural. Ahí está Jesús sentado y con las manos atadas. Termina la serie en la parte más alta con un grupo también de tamaño natural que representa la crucifixión.
Por supuesto que todas estas obras son pobres cosas desde un punto de vista artístico. Pero, ¡qué importa! Este pueblo parece poseído de una devoción bastante ingenua para detenerse en tales minucias. Dicho sea, a manera de corroboración psicológica de lo anterior: de los diarios de Santiago no se vende aquí “La Nación”, ni siquiera “El Mercurio”; sólo “El Diario Ilustrado”.
En febrero empiezan a ser ya muy frecuentes las lluvias en estas latitudes, lluvias ¡ay! que duran todo el resto del año. Apresuramos nuestra ida a Valdivia…”
Por supuesto hubiéramos esperado mucho más de las impresiones de don Enrique, respecto de nuestro Puerto Varas en 1924, pero eso fue lo que nos legó quien fuera Rector Emérito y Vitalicio de la Universidad de Concepción, Ministro de Educación (1947-1948) y Doctor Honoris Causa (Universidad de Chile).