La Premio Nacional de Artes Plásticas presenta “Memento Mori” en el Centro de Arte Molino Machmar (CAMM), una serie que aborda las formas de recordar a los muertos y que, en palabras de la fotógrafa, surgió también como una respuesta frente a la ausencia de quienes desaparecieron durante la dictadura. En conversación con El Heraldo Austral, la fotógrafa aborda además su trayectoria, su particular forma de aproximarse a quienes fotografía y su primer acercamiento al territorio puertovarino.
Foto portada: Paz Errázuriz. Crédito foto portada: CAMM
Hay algo en la fotografía de Paz Errázuriz que parece resistirse al olvido. Desde sus primeros trabajos durante la dictadura, la cámara se transformó en una herramienta para aproximarse a aquello que permanecía en los márgenes, a las personas que se alejaban de los cánones de lo hegemónico, a esa realidad que muchas veces preferimos no mirar. “Todo lo que está marginado, todo lo que no se debe mirar”, explica la artista al hablar de sus obsesiones fotográficas.
Esa mirada también la atraviesa Memento Mori, la exposición que la Premio Nacional de Artes Plásticas presenta en el Centro de Arte Molino Machmar (CAMM). La serie nació hace más de dos décadas a partir de una observación aparentemente sencilla: pequeñas tumbas y escenografías fúnebres donde los fallecidos eran recordados, celebrados y conservados por sus familias. Pero para Errázuriz esa escena tiene un significado mayor al contrastarlas con la ausencia de quienes, durante la dictadura militar, fueron asesinados y nunca volvieron a aparecer.
“Era como un mundo que sí celebra a sus deudos, a la gente que sí está, que existe y que tienen nombre”, recuerda. Desde ahí, Memento Mori puede entenderse también como una reflexión sobre la memoria: sobre las formas en que una sociedad recuerda a sus muertos, pero también sobre aquellos a quienes la historia les negó incluso la posibilidad de tener un lugar donde ser llorados.
Durante su visita a Puerto Varas, El Heraldo Austral conversó con Paz Errázuriz sobre los orígenes de su oficio, la relación que establece con las personas que fotografía, la memoria que permanece en sus imágenes y las nuevas preguntas que surgen al volver sobre fotografías tomadas hace más de veinte años. También hablamos sobre su primer acercamiento al territorio puertovarino y sobre aquello que podría llevarla, algún día, a recorrer la ciudad nuevamente detrás de una cámara.
Los inicios en la fotografía y las inquietudes detrás de las obras
Sentados alrededor de una mesa en una de las salas del CAMM, Errázuriz comienza recordando que su vínculo con la fotografía se desarrolló exponencialmente cuando ya estaba en la adultez. Nació en febrero de 1944 en Santiago, y no fue hasta la década de los 70’ cuando comenzó con sus primeros trabajos tras las cámaras, luego titularse como Licenciada en Educación Básica en La Pontificia Universidad Católica de Chile en 1972.
En muchas ocasiones has mencionado que eres una fotógrafa de oficio y no de profesión ¿En qué momento te sentiste cómoda con ese rol?
Yo nunca estudié fotografía, entonces me instruí de forma solitaria en este mundo, junto a colegas fotógrafos, ya que era miembro –y cofundadora– de la AFI (Asociación de Fotógrafos Independientes) e inicié experimentalmente en la década de los 70’ con trabajos en la calle. Yo me preguntaba ¿Cuándo me puedo considerar fotógrafa? Y yo creo que fue gracias a toda la energía que había en este entorno de colegas en la AFI, empezamos a decir que éramos fotógrafos, nadie nos bautizó como tal.
Entonces ¿cofundaste la AFI sin considerarte a ti misma como fotógrafa?
Lo que pasa es que la situación política en ese tiempo era muy fea y violenta, unirnos era una necesidad muy fuerte, y de alguna manera me sirvió para sentir que estaba militando contra la dictadura militar, fue una forma curiosa de ordenarse.
Cuando iniciaste con la fotografía en época de dictadura ¿Qué era lo que fotografiabas?
Buscaba hacer algo en esta situación, la cámara ha sido una herramienta muy fantástica, ya que te protege y agrede al mismo tiempo, pero también te abre y cierra puertas. La cámara está viva en cierta manera.
Ya en 1980 la fotógrafa realizó su primera exposición individual en el Instituto Chileno-Norteamericano de Cultural, cuando colaboraba codo a codo con periodistas, en una época donde la fotografía era uno de las principales herramientas de inmortalización independiente, colaborando con medios como la revista Apsi y fundando la recién mencionada Asociación de Fotógrafos Independientes (AFI).
Gran parte de tu trabajo es en blanco y negro ¿Qué hay detrás de esta decisión artística?
Primero que nada, creo que es muy atractivo el trabajo en blanco y negro, y el trabajo análogo, tiene esa magia donde tú estás solo en un lugar protegido y oscuro, donde de repente aparece tu imagen dentro de un líquido. Pero a mi me interesaba porque era yo misma quién hacía toda esa labor, no era mandado a hacer. Es una forma de proteger el material, porque para mi mandar a revelar a cualquier lado es difícil, tuve algunas experiencias donde me devolvieron el material dañado. Ese es el principal motivo. Pero también es el gusto, era demasiado maravilloso todo lo que aparecía y reaparecía (en el cuarto oscuro), porque estás en contacto profundo con algo que has hecho, lo ves y lo tocas. Tiene una magia muy atractiva.
Interpreto que te gusta dar a conocer los “tabúes” sociales y las personas que viven al margen de lo hegemónico ¿Cuál es tu motivación para llevar a cabo este trabajo?
Primero, no es que me guste hacer eso, es mi forma de mirar, son mis preocupaciones y mis obsesiones. Todo lo que está marginado, todo lo que no se debe mirar. Uno comienza a recordar situaciones de niño o niña, cunado te decían “no seas tan mirona”, no me gustaba esa respuesta negativa. Disfruto mucho de lo que hago. De hecho, uno de mis primeros trabajos fue sobre los boxeadores, una obra que tiene que ver con la época, ya que había mucho boxeo, especialmente en la televisión. Era algo extraordinario, una fama casi como la farándula, se decía que tenían mucho dinero y que era una forma de vida muy atractiva. Pero a mi me empezó a preocupar que había muchos jóvenes chilenos que seguían esta vida y se acercaron al deporte para seguir ese sueño. Entregaban toda su esperanza de vida en eso, pero no tenían las condiciones económicas para sobrevivir y se configuraba una cosa bastante difícil de superar.
Tu trabajo no se relaciona con fotos casuales, sino que hay un vínculo detrás y un trabajo de largo aliento con los protagonistas ¿Cuál es tu estrategia para generar esa conexión necesaria para que las personas logren dejar a un lado sus complejidades y tengan la voluntad de ser fotografiados?
No es nada fácil. Por ejemplo, cuando yo comencé con los boxeadores me fui acercando a clubes y a la federación chilena, pero me mandaron a la punta del cerro. Me dijeron: “primero que nada, las mujeres no pueden entrar acá”, es decir, que el primer rechazo a mi persona fue por ser mujer. Entonces uno va encontrando la forma para que te acepten. Recuerdo una reunión que tuve con el director de la federación y le llevé un libro de pintura norteamericana de un famoso pintor que tenía varios cuadros sobre el boxeo, ahí le expliqué que desde el arte podrían resultar trabajos impresionantes. Y así poco a poco, por cansancio, me dijeron que sí.
También hiciste un trabajo fotográfico en un hospital psiquiátrico ¿Cómo llegaste a realizar esta obra?
Lo primero que hice fue visitar el lugar y pedir una reunión con la directora, era una señora, y yo llevé un portafolio con fotos mías para que vea qué tipo de fotos creaba. Me dijeron que sí, así de simple. Esto fue en Putaendo, un pueblo muy chico. Me arrendé una pieza y ahí era donde me quedaba, a pesar que de que en el hospital me ofrecieron una pieza, así de buena fue la recepción. Ese trabajo se convirtió en una obra de dos personas, que hicimos junto a la escritora Diamela Eltit (“El infarto del alma”). Ese libro cumplió 30 años y del hospital me invitaron a celebrarlo. Yo encontré muy emocionante esa invitación, imagínate que me fueron a buscar a Santiago. Pasé todo un día recorriendo el mismo espacio que recorrí hace más de tres décadas, pero el hospital ya se había renovado, era otro lugar y había cambiado el sistema de salud, fue un cambio bastante importante. Pero debo decir que no encontré la misma atmósfera que había dejado, el director y los enfermeros me decían que vuelva a hacer lo mismo con los pacientes de ahora. Sin embargo, para mí repetir una cosa no tenía sentido, lo sentía como un ciclo cerrado. Pero aún así fue muy emocionante, era todo un homenaje, había muchas fotos del libro y me llevaron a visitar a uno de los pacientes que yo fotografié hace tantos años. No se acordaba de mí, pero fue muy emotivo.
“Memento Mori”
La serie fotográfica que comenzó a exhibirse en el CAMM desde ayer viernes 04 de septiembre, nació en 2004, luego de que Paz explorara diversos cementerios a lo lardo de todo Chile, retratando pequeñas escenografías funerarias que capturan la vida desde la perspectiva de la muerte, donde pareciera que las fotos fueron tomadas precisamente para posar en el lecho de muerte.
Hablemos de “Memento Mori”, la obra que estarás presentando aquí en el CAMM ¿De dónde nace la inquietud de fotografiar la escenografía fúnebre?
Este es un trabajo fotográfico de fotografías. Vivimos en una dictadura muy feroz y resulta que no aprecian los fallecidos, nunca aparecieron, hasta el día de hoy la gente busca a sus deudos. Entonces, me llamó la atención ver esto: cómo la gente recuerda con tanto cariño, cómo las celebran y conservan a estas personas fallecidas. Eran pequeñas tumbas que estaban ahí y me parecieron posibles de fotografiar, algunas son muy felices, entonces era como un mundo que sí celebra a sus deudos, a la gente que sí está, que existe y que tienen nombre. Contrario a este mundo donde se buscaba a alguien que no aparecía nunca. La obra es como una especie de respuesta.
Han pasado más de 20 años desde que se publicó este trabajo, cuando revisitas las fotos ¿Te nacen nuevas reflexiones o puntos de vista que no aparecieron en un principio?
Las fotos nunca se olvidan, uno reconoce todo. Es una forma de revivir momento, yo me acuerdo cuándo y cómo las tomé, incluyendo todas las anécdotas que hay alrededor de una fotografía.
¿Cuál es el mensaje que buscas transmitir a la comunidad puertovarina cuando venga a visitar esta exposición?
Creo que la persona que mira una obra encuentra algo, pero no expongo con un cartel. Es decir, uno saca sus propias conclusiones. Eso te incentiva a mirar, es como leer, el mensaje está abierto.
Relación con Puerto Varas
¿Cuál es tu conexión con Puerto Varas?
En este momento estoy siendo impactada por cosas de acá, por ejemplo, los colores cuando está anocheciendo, tanto del cielo como de los árboles, que toman un color negro, es maravilloso. El cielo es medio oscuro también y encuentro impactante el tamaño y fuerza de las flores. El lago lo pude ver hoy y es algo extraordinario. Siempre he querido venir a Puerto Varas pero nunca se dio, expuse un par de veces en el Teatro Diego Rivera de Puerto Montt y ahí pude venir a Puerto Varas a tomar café, pero fue una visita muy superficial.
Si tuvieras que recorrer Puerto Varas con tu cámara ¿A qué y a quién le sacarías una fotografía?
No tengo nada pensado, la verdad. Primero debo sentir que estoy conociendo algo de mejor manera, porque sino no resulta. Casi todas mis fotografías son de personas, entonces fotografiar paisajes en blanco y negro sería muy difícil, me tendría que quedar más días acá, recorrer y ver algo que necesite llevarme como fotografía.