Opinión

[OPINIÓN] "El Valor Escondido". Por Guillermo Tobar Loyola, Académico Instituto de Filosofía Universidad San Sebastián, Sede De la Patagonia

El Heraldo Austral
Foto: Guillermo Tobar Loyola, Académico Instituto de Filosofía Universidad San Sebastián, Sede De la Patagonia.

Atado a una soga en su cabeza y resistiendo sendos martillazos en sus patas, Diamante, el caballo del General Baquedano, sin corcoveo ni relincho, resistió hidalgo la embestida vandálica de encapuchados. Sobre el caballo, don Manuel Baquedano, enredado entre cuerdas y pañuelos multicolores fue violentado con el propósito de derribarlo. Pero su figura de héroe nacional permaneció impávida e imperturbable. Sin estrategia alguna resistió airoso la amenaza porque su fuerza no está en el metal, sino en el significado.

El propósito de esta columna es reflexionar acerca del sentido e importancia que posee el símbolo dentro de la actividad cultural. Varios estudiosos del tema definen al ser humano como un animal simbólico, es decir, como un ser que recurre al lenguaje alegórico para, de alguna manera, acercarse al significado profundo de las cosas. A veces un abrazo o una mirada dicen mucho más que mil palabras.

Es así como, por ejemplo, un enamorado regala a su enamorada una rosa, con un valor comercial de mil pesos, pero, cuyo valor sentimental es invaluable. Con ella (la rosa) el enamorado no pretende decir que se siente mal por no regalar un diamante, el objeto no es tan relevante como el contenido del mensaje. Es así como la rosa se convierte en un símbolo del amor que siente por ella.

El ser humano necesita de estas mediaciones para relacionarse con los demás y para entender el mundo que habita. Los símbolos cargan de significado y de valor los hechos, eventos y objetos de la cotidianidad humana.

Cuando se atenta contra un monumento, un edificio patrimonial o una iglesia, no se destruye solo un bronce, una pared antigua o una creencia religiosa. Se destruye la forma misma de estar y relacionarnos con el mundo. Se desnaturaliza la identidad individual y colectiva. No se lucha por un mundo mejor destruyendo el significado del propio. No se perfecciona la pasión pisoteando la rosa, ni se progresa en lo personal ocultando lo que mejor nos simboliza.

Asimismo, tampoco puede ser digno un trato vil e irrespetuoso a un monumento que inspira un valor inefable en el plano nacional. La función del símbolo no es asimilar una misma idea o un mismo credo. Su objetivo es el aprecio de la totalidad y lo inefable expresado en su interior. Los símbolos sean estatuas, ceremonias o templos atrapan nuestra vivencia en común, nuestra identidad y, por lo mismo, nos humanizan. Destruirlos, mofarse o aplaudir cuando otros los dañan, es desacreditar la capacidad humana de infundir respeto y memoria a hechos y objetos que atrapan el valor escondido de las cosas.

 

Guillermo Tobar Loyola

Académico Instituto de Filosofía

Universidad San Sebastián, Sede De la Patagonia.