• 07 de Septiembre

Sugeridos:

[OPINIÓN] Electro Horn

Por: Pablo Hübner


Hace pocas semanas cerró sus puertas la tienda Electro Horn. Un clásico de Puerto Varas, en pleno centro. Una tienda con gran variedad de productos de todo tipo. Platos, ollas, electrodomésticos, tecnología, muebles, instrumentos musicales, entre tantos. 79 años funcionando. Un mundo para servir. Ese era el lema.

Antes uno sabía que siempre ahí estaba Electro Horn. De pronto, ya no está. Se suma a otras tiendas con identidad local que han cerrado, Casa Belsán hace algunos años y Buses Varmontt, unos años más. Los casos no son pocos. Estos casos recuerdan que el patrimonio de la comunidad está sujeto a su propia identidad. Y la identidad se forja también en la costumbre. Una costumbre que se pierde en el cambio. En la idea de que las cosas ya no son como eran y ya no se puede ir donde antes se iba.

¿Qué pasó con el mundo para servir? A veces las décadas no suelen conversar bien con los años. A veces ni siquiera con los siglos. Lo que parece eterno se hace difuso, confunde, hasta que de pronto, desaparece. Las complicaciones y las explicaciones se evidencian en los hechos. El fin se encuentra con el principio, y entre medio, queda la historia. En ese sentido, la despedida tiene mucho que decir. Son puertas que se cierran, pero también que se abren.

La economía es antes que nada una actividad humana. Un local con historia no solo vende productos: es parte de la comunidad. Su permanencia en el tiempo, tradición, compromiso, construye momentos. Escenas de la memoria. Cumpleaños, navidad, clases de guitarra, regalos, arreglos, soluciones. En ese contexto las conversaciones al momento de cotizar también son parte del encuentro. El inicio de un viaje largo. Muchas de estas cosas ahora están al interior de las casas. Y seguirán estando ahí por muchos años más. No todo termina. La vida sigue. En lo material reside un valor emotivo, donde lo propio tiene su forma.

Electro Horn representaba un Puerto Varas que más parece ser el de antes que el de ahora. Una comuna tranquila, con una escala cercana. Menos ruido, menos impersonalidad. El centro comercial en su mayoría cerrado en la tarde para la hora de almuerzo durante los días de semana, los domingos con las calles vacías, la calma de caminar sin la saturación de estacionamientos ocupados en todo momento. Nada de filas eternas de autos para poder avanzar. El tiempo en que se podía dejar el auto abierto, y la bocina sonaba sólo para saludar. Recorrer cuadras mirando las casas con sus fachadas clásicas. Los galpones en los campos. La mayoría son ahora construcciones deterioradas que no podrán ser restauradas. La caída será paulatina, pero galopante. Cambiará el paisaje local. Ni las casas antiguas, ni los locales antiguos, serán parte de la comuna. En menos de un siglo las ruinas serán el cotejo del registro de las fotografías. Tal como pasó con la ahora chatarra del barco Santa Rosa, que grita su puesta en valor.

En el mundo de la mortalidad la aspiración por lo eterno es cosa del cielo. Pero en este tipo de casos, el afán de lo imposible se hace necesario. Cultivar la memoria es desafiar el olvido. Es una invitación a la rebeldía ante lo inevitable, sobre todo cuando lo permanente es cambio, cuando todo tiene un tiempo y cuando nada es para siempre. Como se sabe, no siempre se puede volver al lugar donde se fue feliz. Es entonces, cuando más cuesta y más duele, que la memoria se eleva por sobre la simple fuente de nostalgia merecedora de suspiros. Y pide acciones de valor. Este debe ser un compromiso compartido por lo colectivo y lo propio.

La identidad local no es un lugar común, sino que es un lugar de encuentro. Es comunidad. En tanto, es fundamental reforzar desde la educación lo que fueron las calles de la comuna y su forma de vivir antes de la proliferación de las farmacias y las tiendas de mascotas, los despachos a domicilio y los envíos insólitos solicitados a todas parte del mundo. Antes de la abstracción del código QR. Puerto Varas tiene sus locales comerciales. Su ambiente. Su forma de vivir. Se trata también de la manera en que se saluda, cuando se detiene el tiempo y los valores son los de siempre. Puerto Varas no puede olvidar su historia y quienes la hicieron posible. Esto vale tanto para quienes nacieron acá, como para quienes viven acá, más allá de donde nacieron y hace cuánto llegaron. Más que una declaración de voluntad, se trata de una rebeldía en el mundo de lo inmediato y lo instantáneo, lo fácil y lo aparente. Porque no todo cambia en Puerto Varas. Incluso cuando se cierran las puertas de sus tiendas más históricas, quedan tesoros entre los pasillos.