• 07 de Septiembre

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He aquí el relato de un amor incondicional. El que puede llegar a los extremos de la obsesión, idolatría y humillación por el ser amado. Este argumento, tan recurrido en la literatura, puede llegar a ser cursi si quién lo escribe es la pluma equivocada. ¿Alguien puede transformar una historia sencilla a primera vista, más aún en la forma de una carta, en un carrusel de emociones? Sí, se puede. Lo hace Zweig. Stefan Zweig.

Un escritor recibe una carta de amor. Es terrible a medida que se desgrana. Sublime en los detalles, como aquel del florero. Una obsesión increíble, llevada a lo improbable, pero auténtica si es Zweig el que lo cuenta.

Es una confesión de una mujer, que muestra sus sentimientos y emociones desde la adolescencia y toda su vida adulta por una persona que no sabe de su existencia, a pesar de haber compartido algo más que un saludo. Y en las líneas de esta carta, está también la constatación de la pérdida desgarradora.

Llegué a Carta de una Desconocida ¡Qué bien puesto el nombre! con altas expectativas por todos los comentarios que había leído y como siempre, expectativas altas pueden significar decepción en muchos casos. Pero aquí no. Coincido con los que antes que yo no han escatimado elogios para esta obra trepidante.

Y lo pude aquilatar también porque fue el séptimo libro que he leído de Zweig (se suele partir primero con éste cuando se le empieza a leer) y debo decir que la Carta de una Desconocida es una de las estrellas más brillantes en el firmamento del maestro austriaco.

Un viaje al interior del ser humano, contado con una belleza, sencillez y calidad superlativa.