• 12 de Septiembre

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Teniendo todo en contra, Colmillo Blanco, cachorro mestizo de perro y lobo, se las arregla para sobrevivir en medio de la naturaleza de hielo y nieve del Yukón. Una gran novela de London, muy bien contada, ágil, conmovedora y a ratos rozando la épica.

Contada desde la perspectiva de Colmillo Blanco, es notable la capacidad del autor para lograr que uno se ponga en sus patas (iba a decir en sus zapatos) y vivir su proceso de crecimiento y transformación, víctima de los extremos de la naturaleza humana y del repudio de sus semejantes. Huraño, violento y solitario, no sabe de amistades, amores y caricias. Pero la vida le dará la oportunidad para conocer el amor y la lealtad, aunque al alto precio de renunciar a su apreciada libertad.

London contrasta con agudeza la crueldad humana frente a la redención que nace del afecto y el respeto, demostrando que la lealtad es un lazo que se conquista y no una sumisión forzada.

Es una conmovedora mirada sobre la dualidad entre la barbarie y la civilización y que lo hace un libro difícil de olvidar, superior a esos documentales sobre la naturaleza y la vida animal, porque aquí uno se construye sus imágenes propias, a partir de lo que London nos describe, demostrando una vez más que la palabra escrita nos hace ganar en sensibilidad y sentimiento.

Publicada en 1906, la novela ha mantenido su popularidad de manera ininterrumpida durante más de un siglo y ya ha conseguido un lugar entre los clásicos de lectura imperdible para todas las edades.

Hace ya algunos años nuestro perro Lucas Milovan nos dejó. Fueron 17 años y tres meses de una compañía inseparable. Lealtad y cariño marcaron nuestra vida juntos. Lucas Milovan (no alcanzo a explicar el porqué del nombre), siempre recordaré las historias y los momentos estelares que marcaron tu larga vida perruna. Y perdóname también, por haber estado muchas veces demasiado ocupado o muy cansado para haber compartido más contigo. No me di cuenta que te ibas poniendo viejo. Ciego y sordo te quedaste al final y medio paralítico. Pero allí estuve al menos para cuidarte, curarte y alimentarte. Tenías amor a la vida y eso era lo importante. Y en tu último suspiro, que aún me emociona cuando lo recuerdo, tuve la suerte de estar a tu lado y tomar tus manos y acariciar tu lomo mientras te ibas.

Cuando he leído La Llamada de lo salvaje y ahora este Colmillo Blanco, muchas cosas me recordaban a ti. Tu lealtad a toda prueba. Tu sexto sentido para saber de mis jornadas difíciles, de cuándo anduve lejos, arriba de un helicóptero o embarcado como esa vez cuando fui con temporal a Punta Capitana, debido a los deberes de mi trabajo. Me hacías verdaderas escenas al llegar a casa ¿Cómo diablos te enterabas de todo eso?

Recuerdo tus salidas cuando encontrabas la reja abierta. Tus ansias de exploración te llevaban a muchas calles de distancia y yo tenía que salir a buscar hasta encontrarte, por horas a veces, porque tu problema era que no sabías volver. ¿Era la llamada de lo salvaje lo que te impelía a hacerlo? ¿Tu motivación de explorador de misterios?  ¿O tu vocación de galán enamorado de cuanta perra osara atravesarse?

Por todo aquello, leer un libro en que aparezca un perro noble siempre me hará recordarte. Recordar al que llegó de cachorro loco a nuestro hogar para siempre estar disponible. Lucas Milovan, ese que fue el perro de mi vida.