• 08 de Febrero

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No podemos claudicar

Bernardita Yuraszeck

Presidenta del directorio

Fundación Impulso Docente


El año escolar se cerró con un desafío que se arrastra por años y que se acentuó con la crisis social y sanitaria. Hablo de las dificultades para entablar una sana convivencia entre los educadores y los adolescentes en las salas de clases y patios del colegio.

Con esto no me refiero solo a los hechos de violencia más mediáticos, como por ejemplo los overoles blancos, sino a la realidad que viven día a día muchas comunidades educativas, donde a los docentes -y también a los apoderados- les está resultando cada vez más difícil entenderse, comunicarse y relacionarse con los estudiantes. Hace un tiempo hablamos de una crisis de autoridad que ha irrumpido en varios aspectos de nuestra vida social, y las escuelas también lo están experimentando.

Hoy el concepto autoridad no goza de buena reputación. Situaciones de abuso y adultocentrismo han contribuido a ello, pero hay formas de ejercer una autoridad positiva, fijando límites claros y respetuosos, que no es lo mismo que ser autoritario. Pero su mala reputación también nos ha llevado, como adultos, a preguntarnos si es posible ejercer una autoridad de manera positiva, especialmente en estos tiempos crispados. Y lo es. No solo es posible, sino que es necesaria para ejercer una tarea social que es educar.

Según un estudio citado en la serie “Desafíos en Niñez”, de la Fundación Colunga, el desarrollo de un clima educativo abierto, positivo, orientador, pero con normas y valores claros, es un factor y conducta de protección clave para la salud mental de los estudiantes. Sabemos, también, que todo aprendizaje es social y emocional, por lo que generar espacios de sana convivencia es crítico si queremos avanzar en reducir las brechas de aprendizaje.

Ahora bien, mientras como adultos no tomemos conciencia del gran cambio en la manera de relacionarnos y entender el mundo de niños, niñas y adolescentes, será difícil vincularnos y validarnos como interlocutores. Los adultos que hoy estamos a cargo de formar a los adultos del mañana no la tenemos fácil. Pero tenemos un rol clave que cumplir que es educar, y en eso, no podemos claudicar.