Se suspenden las clases por dos días producto de un potencial maremoto casi imposible en el lago Llanquihue. Se cierra el paso Fronterizo Vicente Pérez Rosales en Peulla porque llueve en invierno. Se aprueba el plano regulador de Puerto Varas, mientras se avanza en Nueva Braunau y Ensenada, que también son parte de la comuna. Estas determinaciones generan reclamos. Es cierto, en Puerto Varas se reclama por todo. Lo ves en los grupos de Whatsapp, en los comentarios de Instagram, en Facebook, en la calle. Muchos de estos reclamos tienen fundamento, pero quedan ahogados en medio de un charco de olvido. A ratos parece un desahogo, como quien busca respirar bajo el agua.
Reclamar y ser considerado por estos días es un anhelo imposible. La distancia entre el reproche de las personas y sus representantes tiene marcas de tigre. Una más, una menos, da lo mismo. Se toma en cuenta para un video en Instagram. Tal vez un elocuente descargo en los puntos varios del concejo municipal, o para solicitar información de oficio y esperar que no tenga más respuesta que la suma de monosílabos, que con suerte construyen una oración. Las sesiones de comisión, aún secretas, contradicen la voluntad, tantas veces expresada como incumplida, de que sean públicas. No hay cómo saber bien qué pasa, sobre todo cuando los problemas aparecen: prestadores de servicios que no cumplen, licitaciones que fallan, boletas de garantía que no existen, compromisos que se olvidan. La promesa de transparencia queda en eso.
Así, la justa molestia y la injusta molestia caen en el mismo saco de la escandalosa irrelevancia. Ruido sin nueces. Ruido con hambre. El reproche se reconoce y se desconoce hasta el olvido. Los fundamentos giran como una lavadora donde se pierde uno de los calcetines para siempre. La negación mediante el silencio es la apatía condenatoria que no deja de sonreír en las fotografías de lo que sí es considerado. Porque lo importante siempre se destaca con fotos profesionales. Esa es la escolta de la gestión. La imagen. El encuadre. El color. El nuevo revelado digital.
Bajo este escenario se recuerda de manera inevitable la idea de la política profesional. Personas que se unen entre partidos, alianzas, bloques, para hacer de la afinidad ideológica y de la identidad consensuada, un camino de mayorías. La clásica idea del bien común según un sector específico. Hacer fuerza representativa. Trabajar para extinguir reclamos y superar el reproche, a modo de lograr pavimentar una propuesta alternativa de prosperidad posible. Una oposición que contenga la épica del sueño compartido entre afuerinos, lugareños, avecindados y aparecidos, sin hacer de la fragmentación de nicho su fortaleza más nítida.
Puerto Varas, si fuera una república independiente, habría elegido a Kast en la presidencial en que ganó Boric, habría dado al rechazo un triunfo mayor que el promedio nacional, habría aprobado el segundo proyecto constitucional. Sin embargo, en la reciente elección municipal, la derecha no logró la alcaldía. Se perdió en un proceso fragmentado: encuestas mal realizadas, candidaturas mal definidas, resultados no reconocidos, plazos extraviados, y una transparencia cuestionada con razón. ¿Se aprende de las derrotas? ¿El lamento tiene propósito? Como dicen: la historia no se repite, pero rima.
Méritos aparte para quién ganó y la capacidad de unir a su sector, quienes perdieron deberían aceptar que la preparación para la última elección municipal fue deficiente, improvisada, mediocre. Entonces, al igual que ahora, sobraban los reclamos. Considerando el paso del tiempo: ¿Existe realmente una oposición activa, unida, consciente, crítica? ¿Existen políticos profesionales en la oposición, más allá de los personalismos exacerbados? ¿Cuánto de lo que exigen es también lo que padecen? ¿Lograrán al menos ponerse de acuerdo para la elección presidencial y la respectiva negociación parlamentaria?
El debate en Puerto Varas requiere una mayor representación. Equipos de fondo. Hoy eso no se ve en quienes más reclaman, al menos hasta ahora. Tal vez se están preparando, tal vez no. Mientras, los personalismos imperan hasta el desgaste prematuro y los grupos articulados, de lado y lado, ni siquiera se ven sentados en el último vagón del tren. A la política le hace bien la profesionalización del oficio. Entre partidos y movimientos, parece haberse perdido algo. Una confianza extraviada que ahora sólo depende de los nombres que aparecen en las encuestas. ¿Es así?