• 07 de Septiembre

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Semillas de luz (I): La rebelión de los lápices

Luis Alberto Vásquez M.

     Gesto Humano


Los sonidos guturales fueron de las primeras chispas de la comunicación humana, las palabras fueron sus hijas, seguían el ritmo de las piedras que chocaban en sus manos mientras, bajo las estrellas danzaban alrededor del fuego.

Construyeron historias y acumularon experiencias que se transformaron en conocimiento, recurso clave para la sobrevivencia de la especie. Nuestro cerebro tejió, nuevas conexiones neuronales.

Muchos relatos y mitos fueron devorados por el tiempo, en su rescate brotó la escritura cuneiforme y los jeroglifos, después vendrían los alfabetos. De esta manera, el tiempo y la distancia enfrentaron su primera derrota, la palabra escrita, cortó el cordón umbilical con el emisor, voló de un lugar a otro, sembró edictos y mandamientos, consolidó reinos, confirmó al homo sapiens en la cumbre de los depredadores.

La inteligencia compitió entonces con la fuerza y terminó capturándola con la tecnología. La palanca, fue la primera herramienta que aplicada inteligentemente multiplicó la fuerza del usuario. Le siguió la pólvora y el vapor que terminaron instalando las bases del sistema capitalista que hoy nos rige.

Simultáneamente, el conocimiento multiplicado por la imprenta y la linotipia nos mostró la energía nuclear con su doble rostro de destrucción y progreso. Las soluciones y usos llegaron en una escala vertiginosa ajenos a los de la naturaleza. La velocidad se confundió con progreso.

El mazo y el cincel quedaron como un recuerdo simbólico del intelecto humano, capaz de unir fuerza e inteligencia. Pero fue el lápiz, que silenciosa e invisiblemente se convirtió en la extensión de nuestra mano. Su historia familiar se remonta a las plumas de ave y lapiceras de palo. Fue así como, telas, papiros y papeles, lograron atrapar las palabras preñadas de huellas humanas que mostraban una inteligencia en expansión.

Llegaron entonces las adictivas pantallas y sus teclados que imperceptiblemente modificaron el uso de nuestros dedos y sus conexiones neuronales. La obsolescencia está secando la tinta de nuestros, lápices y lapiceras al igual que nuestras neuronas. Sin darnos cuenta hemos olvidado los enormes beneficios de escribir a mano; activar la memoria, retener información y fortalecer conexiones neuronales e incluso reducir el estrés.

La lectura y escritura en papel son los últimos vestigios del conocimiento a escala humana, ese que crece lenta y progresivamente, en sintonía con los ritmos naturales.

Sin embargo, estamos transformándonos en un papagayo que repite palabras sin comprenderlas, a cambio de esteroides mentales que nos entregan resultados inmediatos, cuyo costo oculto será apabullante.

Esta disociación entre el acto y el ser, entre la mente y el cuerpo, ha creado un "cisma" que nos aleja de nuestra vinculación originaria con la vida como fenómeno sagrado.

Por eso la rebelión de los lápices, busca rescatar las actitudes y gestos humanos capaces de reconectarnos; en un trazo, un abrazo o una mirada. Se trata de reconocernos en las noticias que el otro trae de nosotros, y en el silencio fecundo de la meditación de donde siempre brotan palabras, a veces cargadas de sabiduría o al menos de sentido común.

El lápiz como símbolo de resistencia nos recuerda que la humanidad también se escribe a mano.