Imaginemos un escenario ideal, donde toda la humanidad adhiera a una misma religión o un mismo partido político. Da lo mismo cual.
No tuviéramos disensos, nuestros puntos de vista fueran similares y cada uno, inserto en su rutina, esté libre de incertidumbres, temores y ambiciones. Digamos, todo tan resuelto que, al mirarnos al espejo, viéramos siempre la misma expresión.
¿Sería esta la humanidad que deseamos?
La felicidad como estado permanente.
Sospecho que coincidimos que lo anterior sería una situación indeseada, distópica, finalmente inhumana.
Tal vez la primera sensación de vacío y de terror tiene que ver con nuestra conciencia de estar separados, pero a la vez unidos a un entorno que nos amenaza y también nos sostiene.
Buscamos explicaciones puntuales que se tejen por siglos hasta formar un relato cosmogónico que incluirá los ciclos naturales, el día y la noche, el tiempo de gestación de los mamíferos, la erupción de los volcanes, la luz de las estrellas.
Daremos forma a tantos dioses que algunas religiones tendrán el mérito de ordenarlas en categorías teológicas que sobrevivirán a los tiempos, conquistando aldeas y continentes, determinando culturas.
Se enfrentarán, entonces, los ejércitos respaldados por deidades que al final del día nos consolarán con vida eterna en paraísos donde todo esté resuelto. Materia y espíritu se convierten así en dos rostros de la misma búsqueda.
Las ideologías son otros relatos interpretativos que en este caso, más que responder preguntas, ofrecen soluciones y caminos para alcanzarlas. Lentes de colores que tiñen la mirada.
Un tercer nivel es la ciencia que con su método se convierte en el pasaporte obligatorio para ingresar a territorios donde se discuten preguntas ancestrales que incluso ella -la ciencia- no ha podido responder.
Así entonces, sobre nuestras interpretaciones navegamos de un puerto a otro creyendo que en la próxima orilla, por fin, está El Dorado para unos, la Luz para otros.
Con nuestros juicios convertidos en escudo y espada, subyugaremos a quien no los comparta.
Nuestra viga no nos impedirá ver la pelusa del ojo con que el otro mira la realidad que le muestro.
Nuestra verdad es irrefutable, la mía en particular, aunque la próxima semana el sol deje de girar alrededor de la tierra.
Esto caracteriza la convivencia humana, un permanente enjuiciamiento, -positivo o negativo- entre las personas de cualquier grupo humano.
Tomar conciencia de la subjetividad con que evaluamos situaciones y conductas ajenas, permite liberarnos de la necesidad de tener la verdad o de estar en lo correcto.
Aliviana vínculos no solo con otros, sino con nosotros mismos.
No se trata de ser autocomplacientes ni de autoflagelarnos, sino aprender a desarrollar una buena mirada hacia los otros como a nosotros mismos.
Tolerar, quizás, no es dejar de ver la pelusa en el ojo ajeno. Es, por fin, animarse a descubrir la viga en el propio.