Esta semana será el cambio de mando. Se cierra un capítulo más de la segunda década del siglo. La política del péndulo sigue su movimiento y seguramente luego será estudiada en los colegios como parte de la historia nacional.
El nuevo gobierno asume el mando bajo la idea de la reconstrucción. Esa fue la esencia de su relato de campaña. Un gobierno de emergencia con un diagnóstico categórico. No se han hecho las cosas bien. Las consecuencias son graves. Habrá que trabajar para recuperar. Ya no transformar. Ya no reformar. Una suerte de cambio desde una continuidad interrumpida.
El clima de cambio de mando no es el mejor. Polémicas agrandadas y vacías en medio de un bochorno que termina evidenciando un problema más grave. En la relación entre gobiernos en tránsito y sectores políticos se termina descuidando la institucionalidad que dicen defender. Mientras, la declaración más candente compite por ser la más acertada. La garganta se gasta, la paciencia de quienes escuchan se agota. La búsqueda del tiempo perdido derrocha los minutos que no le sobran.
Puerto Varas sabe de culpas cruzadas y acusaciones de fuego. Nadie podría decir que el discurso del estallido social, la causa de reivindicación, la dignidad, no fue parte del resultado en las elecciones de esta década. Eran días donde los problemas tenían culpables. En esa categoría figuraban todos los partidos políticos tradicionales, con especial acento en la centro derecha y la centro izquierda, las grandes empresas, la prensa, la iglesia. El peso de los 30 pesos y los 30 años se estiraba como el dedo que acusa. Funcionaba también como justificativo para validar el daño a la infraestructura pública y privada, y los ataques hacia Carabineros. Chile despertó. Se decía. Se defendía. Se azuzaba. A veces con acelerante.
Puerto Varas estaba ahí. No hay que olvidar los días en que la comisaría del centro de Puerto Varas amanecía con sus vidrios quebrados, días en que el fuego ardía en una fogata en medio de San Francisco con Gramado, en la esquina de la municipalidad. Una ronda de personas tomadas de las manos celebraba el momento. Incluso, el intento de quemar la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Días en que se cortaba la carretera y no se podía ir a Puerto Montt.
La oportunidad de ejercer el cargo cambia las cosas. Ofrece evidencia, sobre todo aceptando que las buenas no omiten las malas. Los errores en la gestión de gobierno a nivel central son tan evidentes como la ausencia de protagonismo, problema que marcó los años para Puerto Varas, la región y el país. La lista es larga y conocida. Persiste además un problema conocido: ¿Los que estuvieron fueron los mejores? ¿Cuánto le cuesta a la comunidad el precio de la afinidad? Una historia que a ratos corre el riesgo de repetirse. Quien no gana el cargo para el que postuló trabaja para la plaza de quienes sí lo ganaron. Con todo, un gobierno se juzga básicamente por si es capaz de responder a las expectativas que ha creado. Esa coherencia no sólo tiene una dimensión administrativa, sino que por sobre todo, moral.
Puerto Varas vivió el clima del estallido, de la pandemia, de los procesos constituyentes, de las acusaciones cruzadas entre quienes se decían ser los héroes y quienes se decían ser los villanos, ambos bandos encerrados en las expectativas que se cumplieron y las que no se cumplieron. El nuevo gobierno que asume tiene grandes desafíos. Puerto Varas tiene grandes desafíos. No hay tiempo para la luna de miel. Ni conformismos. Ni confianzas ciegas. Debería pasar, incluso, que el sector político no sea lo relevante esta vez. La comunidad probablemente aceptaría la metáfora, incluso entre compañeros y compatriotas. Eso sí que sería poético.