• 07 de Octubre

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¿Podemos aprender del pasado? ¿Hay mensajes directos en él, que pudiéramos extraer y aplicar? ¿Como demonios sería haber estado allí? Son las preguntas que motivan a leer libros como éste de la reconocida autora inglesa Mary Beard publicado este año 2026.

Clásicos sin filtros no es una historia de la antiguas Grecia y Roma ni de su arte, literatura o cultura. Para eso está “SPQR” de la misma autora, una obra para el disfrute.

Este es un análisis sobre el real significado que tienen los estudios clásicos, aunque circunscrito a Grecia y Roma. Distinto sería ampliarlo a otras civilizaciones antiguas como las de América, India o China y por cierto Egipto y Mesopotamia.

Mary Beard dice: “He pasado más de cincuenta años con los antiguos griegos y romanos, admirables y repelentes en igual medida, pero indefectiblemente interesantes y enriquecedores”. El libro recorre las contradicciones de ese mundo antiguo, lo complejo de hacer comparaciones con el mundo actual, la apropiación de los símbolos clásicos por parte de los políticos y dictadores como Mussolini, y la resignificación de joyas de la literatura clásica como la Odisea o Antígona, la tragedia de Sófocles. Todo ello, tratado de una manera sencilla pero bien fundamentada, como puede esperarse de una catedrática con muchas décadas de docencia e investigación.

Sin embargo, el libro decae y se pone latoso especialmente en el último capítulo, uno de los más extensos. En él se analizan las disputas, los argumentos internos y los debates sobre cómo enseñar los clásicos en las universidades del Reino Unido, especialmente en Oxbridge y de las crisis que han existido sobre una materia en permanente revisión y amenaza, por la emergencia de otras disciplinas. Algo así como mirarse el ombligo entre académicos, que me produjo un interés escasamente abundante. Para aburrirse como una ostra esperando que suba la marea.

Por contraparte, los puntos destacados son la serie de anécdotas que cuenta Beard para reforzar algunas de sus tesis. Por ejemplo, la reacción del gran poeta y escritor indio Rabindranath Tagore cuando conoció el Partenón y lloró, no de la emoción por su belleza, sino por sentir tristeza y rechazo por aquella “fealdad bárbara” que no esperaba encontrar. Es decir, no hay una sola mirada para ponderar lo estético y lo bello.

Me detengo en los pulcros grafitos que conmemoran la visita de Apollinaris al retrete. ¿Lo escribió él mismo, o alguien que vino después, para que hoy lo conozcamos gracias a la erupción del Vesubio que dejó las cosas suspendidas en el tiempo como eran hace dos mil años? Dicen: “Apollinaris medicus Titi Imperatoris hic cacavit bene”? Se me ocurrió recitarlo en una junta de amigos, aludiendo a una inscripción encontrada en el retrete de una casa desenterrada en las afueras de Herculano. Llamó la atención y sonó importante, hasta de solemnidad religiosa porque a eso sabe el latín. Pero la traducción y pido excusas, no es más que “Apollinaris, médico del emperador Tito, cagó bien aquí”. Por supuesto que es ordinario, pero en defensa de los romanos se debe señalar que hoy se pueden observar cosas peores escritas en los baños públicos.

Tal vez, éste es uno de los puntos a recordar del libro. Que el encuentro con lo clásico no sólo es para aquilatar el arte, la cultura, la historia y la literatura. También es para reconocer lo cotidiano, lo que motiva nuestra curiosidad porque formaba parte de un día cualquiera en la vida de seres humanos de hace dos mil años.