¿Quién fue Fouché? A todas luces un personaje increíble y fascinante de la historia contemporánea. Protagonista de una época también fascinante, la del estallido de la Revolución francesa y de todo lo que vino después, con la irrupción de Napoleón en la escena europea y terminando con la restauración de la monarquía. A este Fouché hay muchas formas, nombres y apelativos para definirlo, casi ninguna de ellas agradables para él.
Fue un hombre inteligente, poco fiable, que siempre sirvió con deslealtad. Que, entre bandos en lucha siempre se las arregló para estar con el ganador. Pero digamos que fue esencialmente un hábil especialista en el arte de sobrevivir. Nunca soltó una liana, sin estar bien tomado de la otra, lo que le permitía continuar sus movimientos, evitando las caídas.
Todo cambiaba, todos pasaban por el gobierno o tenían su minuto en el poder, para luego perderlo, a veces perdiendo también la cabeza, como muchos de sus amigos revolucionarios. Así las cosas, ¿quién se quedaba siempre a cargo? Fouché. No podía ser otro. El tránsfuga profesional más destacado. El pragmático, chaquetero, maquinista y coimero Fouché. Con su cara de palo habitual, que según Zweig ostentaba, si hoy día hipotéticamente un periodista lo entrevistara diría algo así como “Yo siempre estoy en el Gobierno. Son los otros los que vienen y van…”.
Asumió que el poder es, ante todo, información, trabajo y estrategia. Fouché fue un animal político con competencias destacadas para ejercitarlo. Defensor de aquello de “yo y mis circunstancias” Joseph Fouché nació el 21 de mayo de 1759 en Nantes en el seno de una familia comerciante. Dio clases en colegios de curas, hasta que se sube al carro de la Revolución, elegido diputado girondino en la Convención Nacional, para luego cambiar de bando y sentarse con los jacobinos. Así partió su carrera de 25 años en la política, sirviendo a jefaturas y jurando lealtades por a lo menos siete veces.
Sin embargo, así como no tenía las manos limpias (iba a decir conciencia, pero no se sabe si la poseía), con su moderación y sus maniobras sobre todo contra Napoleón, evitó más baños de sangre y procuró la paz con Europa.
Zweig lo adorna con su mágica prosa y lo cuenta todo de este servidor de la República, del Directorio, del Consulado, del Emperador y finalmente de la Monarquía. Y de paso nos regala con la profundidad psicológica de los personajes, entre ellos el fulgurante Napoleón, primero salvador de la República y luego déspota y ambicioso Emperador.
El cantautor Víctor Jara dejó una canción que le calza como anillo al dedo a Fouché, que dice en parte: “Arrímese más para acá / aquí donde el sol calienta, /si uste' ya está acostumbrado / a andar dando volteretas/…
En fin, un recorrido por algunos de los tiempos más convulsos y apasionantes de nuestra Historia contemporánea, a través de la exquisita pluma de Zweig, capaz de transformar una biografía de un personaje controvertido como éste, en una pieza literaria llena de belleza. Un recorrido por esa época que sorteamos aliviados de estar a salvo entre tantos riesgos y peligros. Porque esos se los dejamos a Fouché. Él sabe cómo evadirlos y salvarse en una pieza, en medio de tantas guillotinas, horcas y paredones.