Dos payadores legendarios se enfrentan, cada uno solo con un guitarrón y su capacidad de improvisar coplas, simbolizando a la cuna de la poesía popular chilena. Ella tiene sus orígenes en los campos, entre la gente sencilla, entre peones e inquilinos que, en torno al fuego, deslizaban coplas bajo una noche estrellada.
Desde esos tiempos, ya difuminados los recuerdos, porque la memoria ya no alcanza, surge esta contienda legendaria. El mulato Taguada, hijo de esclava, peón trashumante, se enfrenta a punta de coplas a don Javier de la Rosa, patrón y dueño de fundo.
Andrés Montero recupera una de las figuras más singulares del imaginario rural chileno: el legendario cantor popular conocido como Taguada, payador que vivió a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, cuya fama y trágico destino pasaron a formar parte del folclore nacional. A partir de esa raíz histórica, Montero no pretende reconstruir los hechos con fidelidad documental, sino convertirlos en materia narrativa, donde la leyenda y la imaginación dialogan de manera constante.
La novela se sostiene sobre un notable rescate de una historia profundamente ligada al campo chileno. Y qué oportuno es traerla y refrescarla, en tiempos en que preguntar ¿Quién fue Taguada? ya no tiene respuestas correctas. El universo de los payadores, los caminos rurales, las creencias populares y las formas de entender el mundo propias de la cultura campesina aparecen recreados con respeto, en un relato vivo y sugerente. Taguada constituye un valioso ejercicio de recuperación de una memoria cultural que ojalá siga resonando en la identidad chilena.
No se puede dejar de mencionar a la historia de amor que atraviesa el relato, y se relaciona con la tensión del contrapunto y la rivalidad entre los cantores. Ese vínculo afectivo aporta humanidad al personaje y evita que la novela quede reducida a la recreación de una leyenda. Del mismo modo, el memorable enfrentamiento entre los payadores, que se prolonga durante días en una competencia de ingenio, resistencia y talento verbal, se transforma en el corazón narrativo del libro.
¿Pero, ese duelo existió realmente? Para responder esa pregunta es que Andrés Montero nos hace viajar hacia atrás en el tiempo, de pista en pista hasta llegar al primer tercio del siglo XIX.
Aquí, la prosa de Montero en una de sus primeras obras ya evidencia sus fortalezas: un lenguaje musical, atento a la oralidad y a la memoria, con una escritura que busca hacer convivir lo cotidiano con lo maravilloso. Sin embargo, también se percibe un estilo todavía en proceso de consolidación, como si el autor aún estuviera afinando la voz y el guitarrón que se escucharán más plenos con “La muerte viene estilando” y, especialmente, en “El año que hablamos con el mar”, donde esa mezcla de lirismo, precisión y naturalidad encuentra un equilibrio notable.
He aquí una de las voces literarias más originales y atractivas de la narrativa chilena reciente.