• 06 de Noviembre

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¿Qué nos está quitando la IA?

Guillermo Tobar Loyola

Académico de Formación Integral en

 Universidad San Sebastián sede De la Patagonia.


Hace un par de semanas fui invitado por la Universidad Anáhuac Mayab, en México, a participar en la Cátedra Humanitas con la conferencia: El desafío de seguir siendo humanos en la era de la IA. Mi propósito no era sumarme al entusiasmo de quienes anuncian que la inteligencia artificial resolverá nuestros grandes problemas, ni al pesimismo de quienes presagian que terminará desplazándonos. Intenté situar la discusión en otro lugar. La idea era no preguntarnos solamente hasta dónde llegará la tecnología, sino qué clase de seres humanos queremos ser mientras desarrollamos y utilizamos ese poder.

Al terminar, una estudiante hizo una pregunta que terminó siendo, para mí, una de las mejores conclusiones de la conferencia. Comentó que prácticamente no había día, conversación o asignatura en que no apareciera la IA: había que aprenderla, incorporarla, utilizarla. Sin embargo, entre tanta información, avances, robots, bots y agentes artificiales, percibía una creciente incertidumbre. Entonces preguntó: ¿Qué nos está quitando la inteligencia artificial? La pregunta obliga a cambiar la dirección de nuestra mirada. Hablamos mucho de lo que la IA nos dará: tiempo, productividad, conocimiento, diagnósticos, soluciones. Pero pensamos bastante menos en aquello que podemos perder mientras recibimos todos esos beneficios.

Imaginemos que introducimos un cachorro de tigre de Bengala en una sala de niños. Al comienzo todo resultaría fascinante. Es pequeño, juguetón y sorprendente. Incluso podríamos enumerar los beneficios de aquella experiencia. El problema no es que el cachorro sea malo. El problema es olvidar que está creciendo. Sería irresponsable disfrutar de su presencia sin preguntarnos qué ocurrirá cuando despliegue toda su fuerza. No porque el tigre esté destinado a atacarnos, sino porque una capacidad que crece exige también que crezcan nuestra comprensión, nuestros límites y nuestra responsabilidad. Algo semejante ocurre con la IA. Estamos creando una tecnología cuyas capacidades avanzan a una velocidad extraordinaria, mientras todavía intentamos comprender sus consecuencias humanas.

Por eso, quizá deberíamos reformular la pregunta de aquella estudiante. La cuestión no es únicamente qué nos está quitando la IA, sino qué estamos dejando de hacer nosotros porque ella puede hacerlo por nosotros. Sabemos que si escribe siempre por nosotros, podemos dejar de ejercitar el pensamiento o si decide por nosotros, debilitamos el juicio. Si recurrimos a ella antes de intentar comprender, recordar o crear, corremos el riesgo de atrofiar capacidades que solo permanecen vivas cuando las ejercitamos.

T. S. Eliot preguntó hace casi un siglo: «¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en el conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en la información?». La IA seguirá creciendo. Nuestra tarea no consiste en temerle ni en expulsarla de nuestras vidas, sino en crecer también nosotros en sabiduría. Tal vez la pregunta decisiva ya no sea qué nos está quitando la inteligencia artificial, sino más bien: ¿Qué estamos dejando de cultivar en nosotros mientras ella aprende cada vez más rápido qué hacer por nosotros?