Un joven mira un partido de Universidad de Chile. En la misma pantalla donde sigue el encuentro, una aplicación le invita a apostar el resultado, el próximo gol o la cantidad de tiros de esquina.El deporte ya no es solo deporte. También es una apuesta.
La ludopatía suele asociarse a casinos y tragamonedas. Sin embargo, tal vez sea también una forma de pensar que comienza a instalarse en nuestra cultura.Las apuestas deportivas han crecido explosivamente. Lo que antes era un espacio de encuentro, identidad y recreación, hoy convive con plataformas cuyo negocio consiste en convertir cada partido en una oportunidad de ganar dinero. Resulta paradójico que instituciones como la Universidad de Chile, cuya misión histórica es la generación de conocimiento, o clubes deportivos que cumplen una función formativa y social, arriesguen asociar su imagen a actividades que promueven precisamente la conducta de apostar.
La pregunta de fondo no es jurídica. Es cultural.¿Qué ocurre cuando la expectativa de ganancias rápidas comienza a ocupar el lugar del esfuerzo, el aprendizaje y la construcción de largo plazo?
La lógica de la apuesta también aparece en el debate económico. Se nos propone que determinadas rebajas tributarias a grandes empresas generarán más inversión, empleo y crecimiento dentro de cinco o más años. Puede suceder. También puede no suceder.
Toda apuesta implica incertidumbre.
Sin embargo, cuando quienes obtienen los beneficios lo hacen desde el primer día, mientras los costos recaen inmediatamente sobre quienes dependen de políticas sociales o ingresos insuficientes, la discusión deja de ser únicamente económica para transformarse en una cuestión ética. En algunas apuestas sociales, unos ganan con certeza y otros deben esperar años para comprobar si recuperarán siquiera una parte de lo perdido.
Algo similar ocurre cuando ciudades como Puerto Montt evalúan la instalación de nuevos casinos como una estrategia de desarrollo. Es cierto que generan empleo, atraen visitantes y aportan recursos. Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿qué tipo de desarrollo queremos construir? Una comunidad no solo se define por los ingresos que obtiene, sino también por las actividades que decide promover. Si la principal promesa de prosperidad proviene de la especulación o de las ganancias rápidas, corremos el riesgo de descuidar aquello que históricamente ha permitido a los países desarrollarse: educación, innovación, ciencia, tecnología y emprendimientos capaces de crear valor real para la sociedad.
Los países desarrollados no llegaron a serlo porque aprendieron a apostar mejor. Llegaron a serlo porque invirtieron persistentemente en conocimiento, productividad, instituciones confiables y oportunidades para amplios sectores de la población.
Chile posee talento, creatividad y capacidad emprendedora. Sin embargo, muchas veces parece más sencillo promover actividades asociadas a la apuesta que impulsar ecosistemas de innovación capaces de generar riqueza sostenible y una distribución más equitativa de sus beneficios.
Tal vez la verdadera discusión sobre la ludopatía no tenga que ver solamente con los juegos de azar.
Tal vez tenga que ver con una pregunta mucho más profunda:
¿Estamos construyendo una economía del esfuerzo y la innovación o una economía de casino?
Las personas, las organizaciones y las comunidades terminan pareciéndose a los valores que cultivan. Si queremos un país más desarrollado y más humano, necesitamos volver a confiar en aquello que ninguna apuesta puede reemplazar: el conocimiento, el trabajo con sentido, la colaboración y la capacidad de construir futuro juntos.
Porque cuando una sociedad comienza a confiar más en la suerte que en su capacidad de crear valor, el riesgo ya no afecta solo a quienes juegan.Nos afecta a todos.