Opinión

[OPINIÓN] "La nueva normalidad en Puerto Varas", por Pablo Hübner

El Heraldo Austral

Este 2020 ha sido un año muy complejo. Hemos tenido que aprender a vivir en crisis. La necesidad de adaptarse y rápido a escenarios inéditos ha marcado este tiempo. Todo lo que estaba planificado ya no será. Además, tenemos la obligación de aprender a vivir en crisis.

Estamos en un tiempo diferente, lleno de reglas, recomendaciones, medidas y restricciones. Nuestras libertades están restringidas por nuestra seguridad. La conducta que se exige para poder convivir es mucho más severa. La obligación y el mandato es la renuncia a la manera en que todo era antes de la pandemia. Nuestra voluntad se ajusta a las nuevas reglamentaciones. Somos víctimas de tiempos de crisis.

En el nuevo presente vivir depende de adaptarse bien y de adaptarse rápido. Hacer costumbre saludar de lejos, usar la mascarilla, lavarse las manos con mucha más frecuencia y más jabón. No invitar gente a la casa, olvidar el café con amigos a media semana. Adaptarse a depender de las pantallas y la conexión a internet para tener reuniones, conversaciones, amistades. La pantalla como puerta de convocatoria al encuentro y a la nostalgia. Una ventana de luces brillantes que no reemplaza la luz en la mirada de quienes se reúnen presencialmente. Pero no queda otra. Nuestro porvenir se ajusta a la capacidad de adaptar la manera de trabajar y socializar a lo que ahora se puede hacer. Hasta nuevo aviso.

Mientras, en las calles de Puerto Varas se multiplican las filas intentando, a veces sin éxito, mantener la distancia social. En todas partes hay filas. Aglomeraciones medio dispersas y medio ordenadas. Rostros tapados por mascarillas que esperan su turno. Miradas con el rostro fragmentado. Voces que se escuchan difusas entre la tela de las mascarillas. En cada fila hay unos más responsables que otros. El autocuidado no es automático. Esperar no siempre encuentra la paz que alberga la paciencia. El respeto por el resto muchas veces enfrenta interpretaciones lánguidas. Las cosas son como son. Cada cambio marca lo distinto a su propia manera. La suma de cambios consolida la diferencia y también la confusión. Sabemos lo que está pasando, pero cuesta entenderlo y más cuesta aceptarlo.

La capital del turismo del sur de Chile no recibe turistas. Hoteles cerrados, casino cerrado, nuevo casino en duda, restaurantes cerrados, bares cerrados. Cuando puedan abrir, no será como antes. Más regulaciones, más fiscalización, más cuidados, menos demanda. Toda la economía local vive un proceso de contracción, retroceso, impacto y cambio. Aumenta el desempleo. Las certezas económicas tienen su estabilidad en jaque. La recuperación económica será lenta, pregonan los análisis en la prensa.

La nueva normalidad no es como la antigua normalidad. La nueva normalidad aún no es normal. El tiempo que ha pasado hasta ahora, breve pero intenso, no consigue fortalecer la costumbre para darle ese rigor de normalidad. De hecho, si algo tiene esta nueva normalidad es que es muy extraña. Todo es tan raro. Podremos salir de todo esto, sí, pero no podremos volver atrás. Ni con una vacuna volveremos al pasado. Ni con el mejor plan económico. Necesitamos la vacuna, sí, necesitamos un plan para salir, sí. Pero, con o sin, nuestras vidas ya no son las mismas. Escribo esta columna mientras llueve. La lluvia sigue ahí.

Por Pablo Hübner