• 28 de Octubre

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He aquí un libro que representa fielmente esa idea tan añorada de viajar en el tiempo y en el espacio. Porque el polaco Kapuscinski lo hace, viajando por India, China, Etiopía, Ghana, Argelia, Irán, Turquía y otros lugares, en su función de inquieto reportero en esos años convulsionados de la década de 1950.

Y en paralelo regresa 2500 años en el tiempo, viajando con Heródoto, ese griego notable, para recorrer Grecia, Persia, encontrarse con los escitas, recorrer Egipto y casi todo lo conocido del mundo antiguo de ese entonces. Un dos por uno espectacular, integrado de una forma que enriquece y transmite múltiples sensaciones y reflexiones.

¿Y cómo lo hace?  Al polaco le habían regalado un ejemplar de la “Historia” de Heródoto y en su primera salida fuera del país como reportero, se pone a leerlo arriba del avión rumbo a la India. Enseguida señala que “Historia o Historias”, no refleja la esencia de la obra. Porque en aquellos tiempos la palabra griega “historia” significaba más bien “investigaciones” o “inquisiciones”.

Y así describe, comenta, interpreta y vuelve a vivir los escritos de Heródoto quien empieza su libro con una frase en la que explica por qué y para qué lo había escrito: “Heródoto de Halicarnaso va a presentar aquí frutos de sus investigaciones llevadas a cabo para impedir que el tiempo borre la memoria de la historia de la humanidad, y menos que lleguen a desvanecerse las grandes y maravillosas hazañas, así de los griegos como de los bárbaros. Con este objeto refiere una infinidad de sucesos varios e interesantes, y expone con esmero las causas y motivos de las guerras que se hicieron mutuamente los unos a los otros”. ¡Qué notable y qué compromiso con la humanidad!

Porque el libro de Heródoto es el primer gran reportaje de la literatura universal. Su autor está dotado de una intuición, una vista y un oído de reportero. También es incansable: atraviesa los mares, recorre las estepas y se interna en los desiertos. Y así visitamos a egipcios y masagetas, a escitas y etíopes. “Ha colocado a decenas, incluso centenares de naciones y tribus de Asia, Europa y África”.

Heródoto, nacido en Halicarnaso, hace una porrada de años, puchas, ¡qué ganas de conocerte! Fuiste el contador de historias, el que no imponía su verdad porque se dedicaba a escuchar, el que trató de preservar el viejo hilo de la memoria, el primer reportero de la historia, el buscador de verdades, el primer pensador global que arrancó del nacionalismo, de la perspectiva corta de la aldea o del patriotismo de escasas luces. Hoy también serías antropólogo, etnógrafo e historiador.

Y así, con mucha habilidad, Kapuscinski incorpora el pasado al presente, confluyendo los dos tiempos en el ininterrumpido flujo de la historia. Sus crónicas de los países que visita recogen las imágenes de culturas muy diversas, en India, China, el Irán de Jomeini, Argelia y otros países de África, que nacen a una vida independiente después del colonialismo, pero que no saben qué hacer con ella.

Kapuscinski estuvo en China en 1957.  Yo tuve la suerte de visitarla en 1994 por razones laborales. No percibí ni el diez por ciento de lo que el polaco consigna sobre este este país increíble. Pero me sacudió los recuerdos de la fascinación vivida, de lo inconmensurable, lo complejo, lo diverso, de la certeza que se necesitaría más de una vida para poder entenderla, de poder procesar todo lo que vi, del privilegio de disfrutar de esa innata hospitalidad de los campesinos en los pequeños pueblos.

Allí uno puede aquilatar que cuando se está con gente tan diferente, es como mirarse en nuevos espejos y en la comparación te acercas a conocer mejor lo que eres. Y en ese mirar y percibir te das cuenta que en lo esencial, no importa donde nazcas, porque todos anhelamos y soñamos lo mismo.