Opinión

[OPINIÓN] Feria de vanidades

El Heraldo Austral

Los pensadores neoliberales (Mises, Hayek, Friedman) distinguen dos espacios para el encuentro social de los individuos, el mercado y la política. El primero, con su sistema de precios permite orientar los esfuerzos de productores o comerciantes para así resolver las necesidades de las personas, cuya votación monetaria la determinará su nivel de ingresos, es decir, quien no posee los recursos necesarios, dentro de esta lógica, no existe, su única posibilidad de ser reconocido estará en el endeudamiento que será su certificado de nacimiento mercantil. El mercado por tanto, es el lugar de los exitosos, como señala Milton Friedman. El espacio de la política en cambio, abre la puerta a los derrotados e incapaces que llenos de resentimiento desean arrebatar la legítima ganancia de los triunfadores del mercado. Por medio de sus organizaciones políticas, aumentan impuestos y procuran leyes sociales que alteran el correcto fluir de las fuerzas mercantiles que enriquecen a los países. Es decir, mientras el mercado es infalible, la democracia se transforma en amenaza y por tanto, será posible de desdeñar en función de la eficiencia económica.

Desde esta perspectiva entonces, el mundo se divide entre vencedores y vencidos, exitosos y fracasados, algo así como amos y esclavos a que se refiere Nietzsche, mundo en el cual acciones y valores como la solidaridad, la caridad o empatía solo nos llevan a retrasar el triunfo del mas fuerte, en cuyos hombros estaría el desarrollo y crecimiento de la humanidad.

Pero suponiendo la validez de esta lógica, no todo sería malas noticias para los perdedores, ya que se ideó el mérito y el crédito como atajo al paraíso terrenal de los exitosos. Mérito y crédito entonces, fueron las pócimas y hechizos con que los brujos de Chicago nos encantaron por casi medio siglo. Ante el evidente esterilidad del chorreo como madre del bienestar, surgió la nueva ilusión del mérito que también se mostró incapaz de romper los muros de segregación social que se inicia en las cunas. Mientras ocurría lo anterior, el crédito terminó convirtiéndose en el mito de Sísifo que en este caso obligó a la población a endeudarse eternamente para saldar cuentas cada vez mas deficitarias.

Lo ocurrido el 18 de Octubre, no fue que un niño evidenciara la desnudez del rey, fueron los adolescentes, criados bajos los anteriores principios, quienes gritaron e hicieron ver a sus padres que debajo de la máscara del aparente éxito macroeconómico, eran miserables, que estaban endeudados, que eran unos fracasados, que por mas que estudiaran, el grado universitario no les quitaba su condición bastarda y vasalla. Más aún, ante la desnudez del pueblo, el rey y su corte engordaba cubierto de pieles y privilegios.

Esta vez los cristales no fueron rotos por los nazis que abusaban de una minoría, fue una suma de individuos que creyéndose mínimos, se descubrieron máximos, fueron gotas de agua que llegaron a rebalsar el vaso que al abrazarse se supieron mar, y avanzaron incontenibles hasta agrietar el dique constitucional que está a punto de derrumbarse para construir otro mas inclusivo de sus sueños y esperanzas.

Es este contexto, en que la pandemia no ha hecho mas que desnudar a quienes compraron éxito en cuotas mensuales y que disfrazaron su desempleo crónico como emprendedores de morondanga o consultores en lenguas muertas. No hay vuelta atrás después de descubrir nuestra desnudez, nuestra necesidad de abrazarnos solidariamente, de formar manada, de reconstruir la comunidad, de reconocernos iguales en la riqueza y en la pobreza. Pasó casi medio siglo en que se repetía la monserga de que cada uno se rascaba con sus propias uñas y ahora nos repiten que de esta, salimos todos juntos, no cabe duda que algo está cambiando en la vereda de los ganadores, así como ya ocurrió en la de los perdedores.

El fetiche del éxito individual de suma cero, empieza a ser desplazado por la colaboración, por el dar y recibir por derechos y obligaciones similares para todos, donde la extrema pobreza se ve tan grosera como la extrema riqueza y las precariedades se empiezan a resolver colaborativamente sin vernos atrapados en esta feria de vanidades que llegamos a convertir nuestras relaciones sociales.

 

Alberto Vásquez M

Consultor en desarrollo de

Personas y Organizaciones.